2011/02/21

David Warren sobre la turba tuiteante

La turba y lo siguiente


16 de febrero de 2011

No se puede discutir con una turba enfurecida; hay que optar entre la obediencia fingida o el desafío, y la semana pasada el ejército egipcio optó por prescindir de Hosni Mubarak. Está intentando capear a las fuerzas desatadas en las calles del Cairo y otras ciudades como a un toro: con una capa de promesas, revisadas a diario para acoplarlas a las demandas. Reformas, sí; una nueva constitución, sí; elecciones con pluralidad de partidos, sí; y desde ya, ¡más dinero para todo el mundo!

No se puede escribir una constitución en diez días; mejor dicho, sí se puede, pero no durará. Casi todas las constituciones del viejo mundo se escribieron en sangre (la de Canadá fue una rareza); la alternativa es escribirlas en agua. Que la constitución que ahora existe en Egipto sea una cosa muerta, un chiste sin ninguna gracia dictado por un dictador, de acuerdo. Pero tenía algo que esgrimir en su defensa: coincidía aproximadamente con la realidad, y dejaba bastante claras las restricciones a la democracia. No era un tejido de promesas falsas.

La democracia es en sí la más sonora promesa falsa que se está ofreciendo como si tal cosa en Oriente Medio. No será alcanzable en días ni en semanas en Egipto, como tampoco en Irán. Se podría decir que existe sólo, y muy precariamente, en Irak, al cabo de casi una década de derramamiento de sangre. Y ahí sólo porque Bush y compañía se pararon a pensar en los aspectos de la “sociedad civil”, resistiéndose conscientemente al “un hombre, un voto, una vez”.

Incluso reducida a “elecciones libres y limpias con pluralidad de partidos”, la democracia seguirá brillando por su ausencia en el futuro previsible, porque en Egipto, Jordania, Yemen, Argelia, etcétera, sólo hay dos “partidos” seriamente organizados, y ninguno de los dos es parlamentario por vocación. Uno sería el orden civil militar que hay detrás de cada autocracia existente; el otro, la Hermandad Musulmana o sus equivalentes islamistas (Hamás, Hizbolá, etcétera). Estas han creado ya sus organismos paralelos de asistencia social y administrativos, sus mafias protectoras, hasta una especie de aparato judicial y legislativo, que operan a través de las mezquitas.

Los comentaristas occidentales más sofisticados trazan contrastes entre las manifestaciones más jóvenes y más viejas del islamismo. En el caso de Egipto nos invitan a comparar, por ejemplo, a un experto en los medios sociales como Moaz Abdel Karim, de veintinueve años, con el retóricamente zafio Mohamed Badi, que tiene sesenta y seis y es el actual “guía supremo” de la Hermandad Musulmana (con toda la infraestructura del movimiento tras él). El primero tiene un discurso refinado pero vacuo sobre el pluralismo en religión y política, sobre las aspiraciones de las mujeres. El segundo prefiere enarbolar el estandarte de la yihad mientras aporrea tres temas: el sionismo, Israel y los judíos. ¿De quién nos hemos de fiar?

Hemos leído mucho acerca de esos gorjeantes “medios sociales” que la generación más joven de islamistas ha aprendido a manejar, como todo hijo de vecino. No cabe duda de que las manifestaciones se organizaron a través de ellos; fueron posibles porque los medios sociales dieron a la gente la sensación de ser numéricamente fuerte, mucho antes de salir realmente en número a la calle. Y a partir de ahí Al Jazeera se abalanzó a esparcir el mensaje y la diversión. Internet, en combinación con los medios de la prensa partidista y sensacionalista, ha reescrito muchas normas.

Ahora se convoca a las turbas y se las robustece electrónicamente; pero eso, volviendo a mi punto de partida, ni facilita la discusión ni aumenta las posibilidades de deliberación madura e inteligente sobre el camino a seguir. Lo que hace es crear un campo nuevo y mucho mayor para la anarquía. De la anarquía al totalitarismo hay un paso persa.

Irán es diferente de Egipto, en el sentido de que la autocracia militar y los islamistas vienen siendo lo mismo desde 1979. Por alguna razón que se me oculta, la administración Obama, y sus aliados europeos siguiendo su ejemplo, volvieron la espalda a los manifestantes iraníes. A renglón seguido volcaron su atención en los manifestantes egipcios y se hicieron eco de sus demandas. Es extraño, si se recuerda que el régimen iraní es nuestro enemigo mortal, y el egipcio nuestro aliado imperfecto pero indispensable.

Ni los medios occidentales ni los medios árabes pueden ser culpados tan fácilmente por su propia parcialidad, ya que no tienen fácil acceso a Irán para investigar. Sólo porque Egipto presentaba una sociedad más abierta era su gobierno tan vulnerable. Los ayatolás continúan encarcelando, torturando y ahorcando a los líderes de los levantamientos iraníes, pero de esto apenas se habla, mientras que en Egipto un manifestante arrollado por un camello al galope desencadena una avalancha planetaria de indignación.

Pero el equilibrio sólo habría sido posible en algún mundo perdido, donde los directores de periódicos todavía controlaran la difusión de las noticias, fueran capaces de calibrar los acontecimientos en términos globales y ajustaran su cobertura para compensar. Quizá ese mundo nunca existió; porque también requería un público que fuera paciente y maduro, y un orden político en el que quienes redujeran los acontecimientos a clichés como “¡Grita libertad!” fueran ostracizados, cuando no sencillamente despreciados.

Todo Oriente Medio se está disolviendo en el caos, con consecuencias imprevisibles y aun inimaginables. Quizá sea peor que, en gran medida gracias a los mismos “medios sociales” en combinación con un periodismo mayoritariamente centrado en el espectáculo sensacionalista, nuestra respuesta se disuelva en una incoherencia similar.

David Warren

© Ottawa Citizen


Original en inglés aquí.

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