2006/09/10

Islamophobia pratensis

Con la publicación hace pocos días de este artículo en Webislam, Abdennur Prado ha cometido una vileza y un craso error. La vileza ha sido calumniar a una serie de escritores con la acusación de que sus opiniones acerca de la ideología islámica o del islamismo militante son incitaciones a odiar a los musulmanes. El craso error ha sido escribir para tontos.

Tontos hay muchos, de eso no cabe duda. Pero sólo los mediocres, o los embusteros, escriben para tontos. Por otra parte, hay tontos peligrosos. Verbigracia, hay que ser tonto para creer que la libertad de expresión en Europa se puede suprimir por el sencillo procedimiento de coser a puñaladas a un director de cine. Pero un tonto de esa clase asesinó a Theo van Gogh. Es sólo un ejemplo.

Comentemos, sin pretensiones de agotar el tema, algunos de los puntos más salientes del libelo.

El primero y más obvio es la trampa de insinuar que el objeto del antisemitismo haya sido o sea la religión judaica. El objeto del antisemitismo han sido y siguen siendo los judíos, sean religiosos o no, ortodoxos o reformados, asimilacionistas, agnósticos o ateos o convertidos al cristianismo. El antisemitismo es la persecución del pueblo judío. No consta que el muchacho judío que hace unos meses fue secuestrado y torturado hasta la muerte en París fuera escogido por su fe religiosa.

El segundo es la trampa de identificar a las personas con sus ideas, credos u opiniones. Un judío no puede dejar de serlo, pero un cristiano o un comunista sí. En teoría, un musulmán también. Desgraciadamente, a nadie se le oculta que en las sociedades islámicas la apostasía es un crimen, punible no sólo con el ostracismo social sino con severas sanciones penales, que pueden llegar hasta la pena capital. Razón de más para que cualquier persona civilizada, lejos de odiar a los musulmanes, sienta gran lástima por tantos millones de personas privadas de libertad para decidir su opción religiosa. Y no sólo eso, sino gran indignación ante el escándalo de que la libertad religiosa, consagrada en todos los instrumentos internacionales de derechos humanos, sea impunemente negada en el mundo islámico.

El tercero es la trampa de pretender que la calumnia o el insulto excusan de razonar o refutar. El señor Prado cita una decena de textos críticos hacia la ideología islámica o condenatorios del islamismo violento para calumniar a sus autores, pero lo que no hace es refutar ninguna de esas citas. Le costaría trabajo refutarlas, pero debe de pensar que no vale la pena, porque escribiendo para tontos da igual lo verdadero que lo falso. Bajemos a lo concreto:

En la cita 1: “El islam nace con la idea [de] que debe gobernarse al mundo. [...] La idea [...] no es que todo el mundo se convierta a musulmán, sino que el mundo entero se someta a la autoridad y dominio del islam”.
¿Esto no es verdad? ¿No está en los textos fundacionales de la religión de Mahoma?

En la cita 2: “[...] los musulmanes, pueblo esclavizado ideológicamente durante siglos y siglos al que jamás se le permitirá pensar por sí mismo”.
Nosotros no llamaríamos “pueblo” a los musulmanes, pero ¿la esclavización ideológica y la falta de libertad de pensamiento no son verdad?

En la cita 3: “[...] odiaba a los judíos. ¿Por qué? Porque son monos y cerdos. ¿Quién lo dice? Lo dice el Corán”.
¿Ah, no es verdad que eso diga el Corán? Creíamos que sí lo dice, en la sura 2:65, en la sura 5:60 y en la sura 7:166. Claro que todas nuestras ediciones del Corán son traducciones. ¿Habrá habido una conspiración universal para corromper todas las traducciones del Corán, como según el Corán los judíos y los cristianos se dedicaron, todos a una, a corromper los textos de la Biblia?

En la cita 4: “¿Qué quiere decir islam moderado? [...] no niego que existan musulmanes pacíficos [...]. Lo que nunca se ha visto en parte alguna es un musulmán moderado. Islam y moderación son términos antitéticos. [...] Para un musulmán, es decir, para alguien que se somete a la preceptiva coránica, la moral cristiana es licenciosa; la libertad de costumbres de las sociedades secularizadas, sencillamente intolerable.”
Acaso aquí el autor debería haber hilado más fino, y haber hablado de musulmanes tibios, de musulmanes a medias, de musulmanes acomodaticios, que afortunadamente son mayoría. Pero que el musulmán “radical”, el islamista, tiene de su parte el Corán y la Sunna, ¿lo puede negar alguien con los textos en la mano?

En la cita 5: El texto atribuye a “los islamistas” llamar “perros y cerdos a los infieles, incitar al odio y a la muerte a sus hijos desde que balbucean las primeras palabras”.
¿Es falso que en las escuelas palestinas, por ejemplo, se haga eso?

En la cita 6: “Cuando los musulmanes dividieron a la gente entre musulmanes y no musulmanes, y llamaron a luchar contra los demás hasta que estos creyesen en lo que creían ellos, ellos empezaron este choque y empezaron esta guerra.”
¿Es falso eso? Nosotros creíamos que estaba claramente prescrito en la sura 2 y otros puntos del Corán.

En la cita 7: “La guerra islámica contra todos, pero empezando por judíos y cristianos, es decir nosotros. Y no ha empezado ayer, lleva siglos, es un deber transmitido de generación en generación desde los tiempos del profeta Mahoma.”
¿Esto también es falso? ¿Resultará que nos han llegado maliciosamente falsificados no sólo el Corán y la Sunna, sino también las historias de Europa, de África y de Asia?

En la cita 8: “Estos infieles carecen de derechos, sus vidas y sus propiedades son lícitas para cualquier musulmán, sin importar a qué casta pertenezca éste.”
Es evidente que se habla de “infieles” no pertenecientes a la “Gente del Libro”, a la que el islam sí reconoce algunos derechos. Referido, pues, a animistas o hinduistas o budistas, ¿esto no es verdad?

En la cita 9: “Cada grupo religioso y cada grupúsculo asesina en nombre de Alláh.”
No habrá que repetir otra vez que la inmensa mayoría de los musulmanes no asesina a nadie, pero los que sí asesinan, ¿en nombre de quién lo hacen?

En la cita 10: “Visión del mundo que el Corán codifica: Alá ha dado a los creyentes misión de exterminar a los infieles contumaces”.
¿No lo dice? ¿Qué dice, pues?

Calificar de “odio religioso” a la denuncia de tiranías, opresiones y violencias ejercidas en nombre de una visión del mundo que presume de ser mucho más que una religión, que presume de ser una guía completa para ordenar la vida individual y colectiva en todos sus aspectos, que presume de estar llamada a dominar el planeta, que presume de ser la definitiva y universal revelación de la deidad, que presume de que todo hombre y toda mujer llega al mundo siendo musulmán (el infiel no se convierte, “revierte”), es una farsa y un insulto a la mayor parte de la humanidad. Sí, incluimos entre los insultados a los millones de hombres y mujeres que no son musulmanes porque en ningún momento de su vida decidieran serlo, y a quienes sencillamente no se permite dejar de serlo.

De la ideología islámica y nuestro inalienable derecho a detestarla seguiremos hablando aquí sin necesidad de parafrasear al señor Prado. Pero el juego de disfraces que se le ha ocurrido como base de su amenaza a la libertad de pensamiento y de expresión nos induce a seguirle en los reinos de la parábola.

Escribe el señor Prado: “La demonización del islam en su conjunto constituye una ofensa hacia millones de personas que nada tienen que ver con las desviaciones políticas que tanto nos preocupan”. ¡Qué bien! ¡Qué fácil! ¡“Desviaciones políticas”! En Argelia, en Egipto, en Marruecos, en Nigeria, en Sudán, en Afganistán, en Pakistán, en Tailandia, en Filipinas, en Indonesia, en Malasia, en Iraq, en los Territorios Palestinos, en el Irán de los ayatolás, en Chechenia, en Londres, en Nueva York: ¡cuántas desviaciones políticas! ¿De dónde habrá podido salir tanto desviado? ¿Del Corán y la Sunna? No, por cierto, lo asegura el señor Prado que de ahí no; ¿de dónde, pues? ¿De qué? Misterio insondable.

Pero imaginemos que así fuera, y tomándole la idea del juego de disfraces al señor Prado imaginemos que en tantas regiones del mundo se sucedieran los asesinatos de inocentes, los atentados con bombas, las decapitaciones de rehenes y otras sanguinarias atrocidades, y que sus autores hubieran dado en la manía de acompañar sus desmanes con el grito de “¡Adoración a Amida Buda!”. Al cabo de unos años de ver crecer y multiplicarse la impía costumbre, ¿qué estarían haciendo los sinceros budistas? ¿No estarían clamando a voz en grito contra semejante iniquidad? Muchos manifestarían su repudio y su aflicción públicamente, en calles y templos, con la palabra y con la presencia, una y otra vez. Algunos abjurarían formalmente por no tener nada en común con tales monstruosidades. No faltarían quienes estuvieran dispuestos a desagraviar la figura de Amida Buda con la entrega de su propia vida, “escudos humanos” en mercados y colas de autobús. Las comunidades budistas rivalizarían en socorrer a las víctimas, en hacer algo menos infernal su vida de lisiados, ciegos, inválidos. Acreditarían ante el mundo el valor y la autenticidad de su fe atendiendo, consolando, acogiendo, derramando compasión y caridad frente a la inhumana blasfemia.

¿Estamos viendo algo de esto en la realidad “que tanto nos preocupa”?

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1 Comments:

At 8:34 p. m., Blogger Monmar said...

Acabo de leer tu fabuloso articulo y quiero Felicitarte, hacia tiempo que no leía un mensaje tan completo e interesante.
Me pondré en contacto contigo vía e-mail, para informarte sobre un asunto interesante.

 

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