2007/12/22

A la fe, en Navidad



Por lo desconocida y por lo bella,
Por lo profunda y por lo desolada,
Esta noche, Señor, es como aquella
Que te sirvió de cuna y de posada.

Esta dulce mirada de doncella
Con que mira la noche abandonada
Es la mirada de la misma estrella
Que presenció en silencio tu llegada.

Este dolor es el dolor del hombre
Que a pesar de sufrir tuvo confianza
En el advenimiento de tu Nombre.

Estos ojos, Señor, son como aquellos
Ojos que no perdieron la esperanza
De que vinieras a llorar por ellos.


Francisco Luis Bernárdez, "Navidad, I: La fe", en Poemas de carne y hueso (1943).
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2007/11/01

Más sobre la Regla de Oro


En los comienzos de este blog dedicamos una entrada a un artículo de Ali Sina sobre la Regla de Oro en el islam. No hace mucho recibimos el siguiente comentario:

"Saludos, lamentablemente su artículo La Regla de Oro no rige en el islam no tiene para dejar comentario. Quería señalar una supresión en la premisa, usas al sitio http://www.religioustolerance.org/reciproc.htm para obtener referencias de la ley de oro en otras religiones, pero te saltaste donde claramente expone que las enseñanzas del islam sí predican la ley de oro:
Islam: 'None of you [truly] believes until he wishes for his brother what he wishes for himself.'
Number 13 of Imam 'Al-Nawawi’s Forty Hadiths.'
Ojo, no soy musulmán. Mis mejores deseos, y suerte en tu búsqueda de la verdad.
NN."

Este amable lector, a quien deseamos la misma suerte, debió de escribirnos antes de leer la entrada completa, ya que, además de atribuirnos la autoría de lo que sólo es una traducción abreviada, nos señaló la supuesta omisión de algo que allí estaba, un hadiz que el propio Ali Sina cita y referencia en el mismo artículo. Pero su precipitación nos ha animado a volver sobre el asunto, y como es importante vamos a ampliarlo un poco.

No hay contradicción entre la existencia de ese hadiz y las palabras de Ali Sina o el título de nuestra entrada. La doctrina islámica afirma la fraternidad de los creyentes, esto es, de los musulmanes, no la de todos los hombres. Hermano de un musulmán es el musulmán, pero no el “infiel”, y en consecuencia el hadiz citado sólo alude a las relaciones entre musulmanes.
El artículo de Ali Sina procedía de un debate anterior donde comentaba el hadiz de al-Nawawi y su significado restrictivo, aquí (en inglés).

Andrew H. Plaks firma un examen breve pero ilustrativo de la Regla de Oro en la Encyclopedia of Religion de la editorial Macmillan [1]. Plaks, tras indicar su formulación más conocida dentro de la cultura occidental en los evangelios de Mateo (7, 12) y Lucas (6, 31), enumera otros textos que se suelen citar al respecto: de la tradición judía, el Pirke-Avot, el Talmud de Babilonia y varios libros apócrifos; de la cristiana, otros pasajes del Nuevo Testamento en Romanos, Gálatas y Hechos; del islam, la sura 83 del Corán, el hadiz citado de Al-Nawawi y un pasaje del místico sufí al-Arabi; de la antigüedad grecolatina, Platón en la República, Aristóteles en la Ética a Nicómaco e Isócrates; del hinduismo, el Mahabharata; del zoroastrismo, el Avesta; del budismo, el Dhammapada; del jainismo, varios sutras de los Agamas; las escrituras baha’i, y “paralelos llamativos” dentro del confucianismo, en las Analectas, el libro de Mencio y otros.

A propósito de esa gran difusión de la Regla de Oro leemos en otro autor: “La regla de oro, en una u otra versión, ocupa un lugar eminente en todas las religiones mayores y en la mayoría de las menores; ha sido enunciada por filósofos paganos antes y después de Cristo y por sofistas (Isócrates) y antisofistas (Aristóteles). No hay vestigios históricos que puedan explicarlo, y la teoría de la difusión histórica carece en este caso de valor explicativo. La aceptación casi universal de la regla de oro y su promulgación por personas de inteligencia considerable, aunque de mentalidades por lo demás divergentes, parece, pues, apoyar la tesis de que es una verdad ética fundamental” [2].

¿Se deduce de esto que la Regla de Oro significa lo mismo en todas partes? No. Ni mucho menos, según Plaks: "Muchas enunciaciones aparentemente paralelas sobre la moralidad humana elemental son sencillamente demasiado vagas o genéricas para una comparación detallada, mientras que otras pueden haber sido sacadas de sus contextos originales y esgrimidas como enseñanzas equivalentes por apologistas empeñados en defender la validez de éste o aquél sistema ético no occidental. Para evaluar debidamente la significación cultural y religiosa de las distintas formulaciones de la regla de oro, por tanto, es vital examinarlas desde la perspectiva de una serie de variables y cuestiones específicas:
"1. El lugar de esta enseñanza dentro de su contexto religioso o filosófico: ¿se limita a describir un modo de comportamiento encomiable, o está entronizada como el pilar central de todo un edificio moral?
"2. La defensa de este principio frente a las abundantes pruebas de su no observancia en la conducta humana: ¿se toma a priori como un principio inviolable del dogma revelado, o se propone como un consejo utilitario para la mejor regulación de la vida social? [...]
"4. Pretensiones de validez universal: ¿se considera que una versión de una cultura determinada constituye el enunciado de una verdad moral para todos los seres humanos y todos los tiempos, o se entiende como exclusivamente aplicable dentro de una particular comunidad religiosa o contexto sociohistórico? [...]"

Veamos a qué material habría que aplicar esos criterios dentro de la doctrina musulmana. De los tres enunciados que cita Plaks, lógicamente tendría prioridad el del Corán. Consultado el pasaje en la traducción española de Cortés, esto es lo que se lee:
“¡Ay de los defraudadores que, cuando piden a la gente la medida, la exigen exacta, pero que, cuando ellos miden o pesan para otros, dan menos de lo debido! ¿No cuentan con ser resucitados un día terrible, el día que comparezcan los hombres ante el Señor del universo?”.
La cita de al-Arabi no la tenemos. Nos sorprende, en cualquier caso, la alusión a un pasaje de un místico sufí como referencia para un postulado moral de este calibre. Podemos señalar que el Tratado del amor de al-Arabi habla exclusivamente del amor a Dios y del amor-pasión, no del amor al prójimo.
No queda, pues, sino volver sobre la interpretación del hadiz de al-Nawawi. Ya hemos dicho que el "hermano" que ahí se nombra no es cualquier ser humano, sino sólo el musulmán. Para confirmarlo consultamos ese utilísimo catecismo del islam estricto que es La Voie du musulman [3]. Allí, en el capítulo VI de la segunda parte, “Comportamiento para con el prójimo”, encontramos lo que buscamos: después de los apartados referentes al comportamiento debido hacia los padres (A) los hijos (B), entre hermanos (C), entre esposos (D), entre parientes (E) y hacia el vecino (F), llegamos a los apartados G, “Consideraciones y derechos que se deben al creyente” (pp. 119-127), y H, "Comportamiento para con los infieles" (pp. 127-130). Esto es lo que se lee (omitimos las citas del Corán y hadices con que se justifican los mandatos, salvo donde se verá):
"El musulmán está persuadido del respeto y los derechos que debe a su hermano creyente. Los acepta y los cumple por sumisión a su Señor, buscando su Gracia. Además, es Dios quien los ha prescrito. Cumplirlos es una acción piadosa.
"He aquí algunos de esos derechos:
"1. Cuando el musulmán se encuentra con su hermano creyente, saluda el primero, sin esperar a que el otro le dirija la palabra. [...]
"2. Cuando el musulmán estornuda y alaba a Dios, se le desea bien diciendo: "¡Dios te conceda su misericordia!" [...]
"3. Cuando el musulmán cae enfermo, su hermano le visita y pide a Dios su curación. [...]
"4. Cuando el musulmán muere, su hermano [Nota a pie de página: “Sentido religioso. Todos los musulmanes son hermanos.”] asiste a su entierro conforme a las prescripciones del Profeta [...]
"5. Debe satisfacer su súplica si no entraña hacer mal [...]
"6. Le da consejo si lo solicita [...]
"7. El musulmán desea para su hermano aquello que desea para sí mismo. El Profeta dijo:
"'Ninguno es verdaderamente creyente si no quiere para su hermano lo que quiere para sí y detesta para él lo que detesta para sí.' (Bujari y Muslim)
"'Los creyentes tienen amor, compasión y solicitud los unos para los otros. Son comparables al cuerpo vivo. Cuando uno de sus órganos se queja de un mal, todo el cuerpo responde con la fiebre y el insomnio.' (Bujari y Muslim)
"Dice también:
"'El creyente es para su semejante como una construcción cuyas partes se sostienen mutuamente.' (Bujari y Muslim)
"8. El musulmán socorre a su hermano y jamás le traiciona cuando tiene necesidad de ser sostenido. [...]
"9. El musulmán jamás hace mal a su hermano. [...]
"10. El musulmán se conduce con modestia ante a los demás, no quita el sitio a nadie para sentarse él. [...]
"11. El musulmán no debe negar la palabra a su hermano por más de tres días. [...]
"12. No debe hablar mal de él, ni despreciarle, ni denigrarle, ni burlarse de él, ni ponerle motes injuriosos. [...]
"13. El musulmán no tiene derecho a insultar injustamente a su hermano, muerto o vivo. [...]
"14. Tampoco le está permitido al musulmán envidiar a su hermano ni tener mala opinión de él, ni espiarle, ni odiarle. [...]
"15. El musulmán no debe engañar a su hermano ni inducirle a error.
"16. Tampoco le está permitido al musulmán traicionar ni mentir ni demorarse en pagar sus deudas a sus acreedores. [...]
"17. El musulmán se conduce así correctamente hacia su hermano, le presta servicio, no le hace mal, le saluda con buena cara, acepta sus dones y perdona sus errores.
"18. El musulmán respeta a su hermano de edad, muestra ternura hacia los jóvenes. [...]
"19. El musulmán repara él mismo los daños causados y se comporta con su hermano de la misma manera en que desea que los demás se comporten con él. [...]
"20. Debe perdonar a su hermano sus faltas, disimular sus flaquezas e imperfecciones, no poner el oído para escuchar las palabras que oculta. [...]
"21. Debe acudir en su ayuda si lo necesita, interceder por él si puede. [...]
"22. Si el musulmán viene a pedirnos limosna o protección en el nombre de Dios, debemos satisfacer su demanda. Si nos presta un servicio, debemos hacerle un regalo a cambio; si no podemos, rezamos por él."

Hasta aquí lo que se debe a los compañeros de religión. Respecto a los no musulmanes, he aquí cómo se les debe tratar según el siguiente apartado (H) "Comportamiento para con los infieles":
"El musulmán debe creer indiscutiblemente que todas las religiones son caducas, que sus adeptos son infieles, que el ISLAM es la única religión verdadera y que los musulmanes son los verdaderos creyentes.
"Dios lo expresa así:
"'¡La verdadera religión para Dios es el islam!' (3 – La familia de Imrán – 85)
"'El que busca una religión distinta del ISLAM debe saber que no se le aceptará. En el Más Allá estará en el número de los réprobos.' (3 – La familia de Imrán – 85)
"'Hoy vuestro culto ha llegado a su perfección, se os ha concedido la mayor gracia y me place que el Islam sea vuestra religión.' (5 – La mesa servida – 3)
"Estas justas afirmaciones divinas aseguran al musulmán que todas las religiones anteriores al Islam son caducas, que el Islam es la religión universal y que Dios no acepta otro culto ni otra legislación.
"De ello se desprende que el musulmán considera que todos aquellos que no profesan el ISLAM son impíos, y, por consiguiente, observa para con ellos las siguientes reglas:
"1. No aprueba su infidelidad, porque reconocer la herejía es herejía.
"2. El musulmán no ama a los infieles, porque Dios los detesta. El musulmán ama y detesta conforme a lo que Dios dispone.
"3. No le está permitido aliarse con ellos ni simpatizar con ellos. [...]
"4. No obstante, el musulmán debe conducirse equitativamente hacia ellos, hacerles bien si no están en estado de guerra contra él. [...]
"5. El musulmán debe compadecerse de los sufrimientos de los infieles como lo hace por el común de los mortales: alimentarlos si tienen hambre, darles de beber si tienen sed, cuidarlos si están enfermos, alejarlos del peligro y evitarles todo mal. [...]
"6. Si el infiel no está en estado de guerra contra los musulmanes, sus bienes, su sangre y su honor deben ser respetados. [...]
"7. Le está permitido al musulmán ofrecer un regalo a un infiel y aceptar el de éste, comer de su comida si es judío o cristiano (gentes del Libro). [...]
"8. Está prohibido a un infiel casarse con una musulmana. Esta prohibición es rotunda. Pero al musulmán le está permitido casarse con una judía o una cristiana. [...]
"9. Cuando un infiel estornuda y alaba a Dios, el musulmán le desea bien diciendo: “Dios te guíe hacia el buen camino y mejore tu situación”.
"Los judíos fingían estornudar en presencia del Profeta con la esperanza de oírle decir: “Dios te conceda su misericordia”. Pero él se limitaba a decir: “Dios te guíe hacia el buen camino y mejore tu situación”. [...]
"10. El musulmán no saluda el primero al infiel. Si éste le saluda, se limita a responder: “¡Igualmente!”. [...]
"11. En el camino, el musulmán no se muestra condescendiente con el infiel ni le cede el paso. [...]
"12. El musulmán debe tener su propia originalidad, no calcar al infiel cuando no sea necesario. Si el infiel se afeita la barba, el musulmán debe dejársela crecer; si luce grandes bigotes, debe recortárselos. Si el infiel no se tiñe la barba, el musulmán se la tiñe. Igualmente debe distinguirse de él por la indumentaria, por ejemplo el turbante y el fez."

Eso es todo.

En cuanto a los pasajes más pertinentes del cristianismo, "religión caduca" según el islam, y para los musulmanes superada por cosas como las que acabamos de ver, son éstos:

"Pero a vosotros que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos y portaos bien con los que os odian. Bendecid a los que os maldicen y orad por los que os injurian. Si alguno te golpea en una mejilla, ofrécele también la otra. Si alguno quiere quitarte el manto, dale hasta la túnica. A quien te pida, dale, y a quien te quite algo tuyo, no se lo reclames. Portaos con los demás como queréis que los demás se porten con vosotros. Porque si solamente amáis a los que os aman, ¿cuál es vuestro mérito? ¡También los malos aman a los que les aman a ellos! Y si solamente os portáis bien con quienes se portan bien con vosotros, ¿cuál es vuestro mérito? ¡Eso también lo hacen los malos! Y si solamente prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir algo a cambio, ¿cuál es vuestro mérito? ¡También los malos prestan a los malos con la esperanza de recibir de ellos otro tanto! Vosotros, por el contrario, amad a vuestros enemigos, portaos siempre bien y prestad sin esperar nada a cambio.De este modo tendréis una gran recompensa y seréis hijos del Dios altísimo, que es bondadoso incluso con los desagradecidos y los malos. Sed compasivos, como también vuestro Padre es compasivo." [4]

"Sabéis que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen. Así seréis verdaderamente hijos de vuestro Padre que está en los cielos, pues él hace que el sol salga sobre malos y buenos y envía la lluvia sobre justos e injustos. Porque si solamente amáis a los que os aman, ¿qué recompensa podéis esperar? ¡Eso lo hacen también los publicanos! Y si saludáis solamente a vuestros compañeros, ¿qué hacéis de extraordinario? ¡Eso lo hacen también los paganos! Vosotros tenéis que ser perfectos, como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos." [5]


[1] Encyclopedia of Religion, 2ª edición, Macmillan/Thomson Gale, Farmington Hills, 2005, s. v. “Golden Rule” (vol. VI, pp. 3630-3633).
[2]Marcus G. Singer en
Encyclopedia of Philosophy, 2ª edición, Macmillan/Thomson Gale, Farmington Hills, 2006, s.v. “Golden Rule” (vol. IV, pp. 144-147).
[3] Aboubaker Djaber Eldjazaïri,
La Voie du musulman, Maison d'Ennour, París, 2004, pp. 119-130.
[4] Lucas 6, 27-36.
Nuevo Testamento (La Biblia. Traducción interconfesional), BAC/Verbo Divino/Sociedades Bíblicas Unidas, Madrid, 1995, p. 175.
[5] Mateo 5, 43-48.
Ibidem, p. 22.

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2007/04/08

¡Feliz Pascua de 2007!




Tú eres el puerto tranquilo de los zarandeados por las olas,
Tú das la esperanza a los que desesperan;
Tú eres la salud de los enfermos,
el sustento de los desvalidos,
la guía de los ciegos;
Tú te apiadas de los amenazados por el castigo;
Tú eres el apoyo de los extenuados,
la claridad en las tinieblas.


De la oración atribuida a Severo de Tracia, mártir hacia el año 304.


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2006/12/23

Ahora sí que es Navidad



Están de suerte los cristianos cuando los poderes constituidos, grandes o pequeños, exteriorizan lo mucho que les molesta que se conmemore el nacimiento de Cristo; cuando destierran la palabra "Navidad", suprimen fiestas escolares, tiran belenes a la basura y dan la orden de fingir que el intercambio de regalos y el descorche de botellas se debe al entusiasmo general por la llegada del solsticio de invierno.

Estamos de suerte todos, porque siempre es bueno cambiar hipocresías por claridades; pero especialmente los cristianos, porque la hostilidad del poder es lo que mejor puede animarnos a reflexionar sobre lo que significa la Navidad, que es tanto como decir lo que significa ser cristiano; a reflexionar y quizá a descubrir, con gozo renovado o insospechado, la enorme fortuna de serlo. Lo dicen claramente los viejos y nuevos villancicos del sabio pueblo español, como ya hace quince siglos lo decía nuestro quizá compatriota Sedulio:

Desde el Oriente donde sale el sol
hasta los confines de Poniente,
cantemos a Cristo, nuestro rey,
que nació de la Virgen María.

El augusto Creador del universo
se vistió un cuerpo de esclavo;
quiso salvar a la carne con la carne,
por que no se perdieran sus criaturas.

Se ha dignado reposar sobre pajas,
en la pobreza de un pesebre.
Se ha nutrido con un poco de leche
el que alimenta al más pequeño de los pájaros.

El coro entero de los cielos está de fiesta,
y los angeles dan gloria a Dios;
a los pastores de Belén se aparece
el Pastor que hizo el universo.


La Navidad significa, conmemora, recuerda y hace presente lo más contrario que cabe imaginar al poder propio y ajeno. Es la humildad de aceptar que Dios sea humilde, y es la grandeza de poderle adorar con ternura.

¡Nada menos!

A todos, conformes y discrepantes, feliz Navidad.

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2006/10/21

Durie: Isa, el Jesús musulmán

La secularización y el laicismo han agravado nuestra ignorancia acerca del islam, en la medida en que el desconocimiento de las diversas religiones favorece la aceptación ingenua de falsedades propagandísticas. No es una paradoja que el descreimiento hoy generalizado en Occidente nos haya hecho muy fáciles de embaucar en este terreno. Un caso singularmente grave es el de la presentación de la doctrina islámica como de algún modo heredera de la tradición judeocristiana: en definitiva, se nos dice, la religión de Mahoma "acepta" la revelación bíblica, "venera" a los profetas de Israel y a Jesucristo, etcétera. Judaísmo, cristianismo e islam estarían hermanados por la referencia común a la Biblia; vagamente se cree que eso es lo que significa la expresión "religiones del Libro". Y hasta leemos no pocas veces que el islam es, en el fondo, "una herejía" del cristianismo.

Nada de eso es verdad, pero repetirlo y propalarlo resulta muy útil... para el islam.

Agradecemos vivamente al doctor Mark Durie su amigable permiso para traducir y publicar aquí el artículo siguiente, donde con rigor y brevedad explica lo que realmente hace el islam con la Biblia en general, y con la figura de Jesucristo en particular. El doctor Durie es pastor anglicano y ha sido profesor y director del departamento de lingüística en la Universidad de Melbourne. El original inglés del texto se puede consultar
aquí. En las referencias al Corán hemos sustituido el título de las distintas suras por la abreviatura común "C".


Isa, el Jesús musulmán

por el Dr. Mark Durie

“La palabra cristiano no es una palabra válida, porque no existe una religión del cristianismo según el islam”. – www.answering-christianity.com

Cada día oímos y leemos con más frecuencia que el cristianismo y el islam “tienen en común” a Jesús, que Jesús pertenece a ambas religiones. También respecto a Abraham: se habla de la “civilización abrahámica” de Occidente, donde antes se hablaba de “civilización judeocristiana”. Ese cambio de pensamiento refleja la influencia creciente del islam.

Estas notas ofrecen algunos datos y reflexiones sobre el “Jesús musulmán”, con el fin de contribuir a situar esa tendencia en su debido contexto.

Las referencias entre paréntesis remiten al Corán. Los sistemas de numeración de los versículos coránicos varían, por lo que hay que estar dispuesto a buscar el versículo indicado entre los versículos próximos.

El islam, fe primordial

El islam no se considera a sí mismo como una fe heredera del judaísmo y el cristianismo, sino como la religión primordial, la fe de la que el judaísmo y el cristianismo son derivados posteriores. En el Corán leemos que Abraham “no fue judío ni cristiano”, sino monoteísta, musulmán (C 3:66). De ahí que sean los musulmanes, y no los cristianos ni los judíos, los verdaderos representantes de la fe de Abraham para el mundo de hoy (C 2:135)

Todos los profetas de la Biblia eran musulmanes

Muchos profetas del pasado recibieron la religión única del islam (C 42:13). ¿Quiénes fueron aquellos profetas anteriores? Según la sura Los Rebaños (C 6:85-87), algunos de ellos fueron Ibrahim (Abraham), Ishaq (Isaac), Yaqub (Jacob), Nuh (Noé), Dawud (David), Sulaiman (Salomón), Ayyub (Job), Yusuf (José), Musa (Moisés), Harun (Aarón), Zakariyya (Zacarías), Yahya (Juan el Bautista), Isa (Jesús), Ilyas (Elías), Ishmael (Ismael), Al-Yash’a (Eliseo), Yunus (Jonás) y Lut (Lot).

El Isa (Jesús) musulmán

Hay dos fuentes principales acerca de Isa, el Jesús musulmán. El Corán da la historia de su vida, en tanto que las colecciones de hadices –recuerdos de los dichos y hechos de Mahoma- establecen su lugar dentro de la visión islámica del futuro.

El Corán

Isa fue un profeta del islam

El verdadero nombre de Jesús, según el Corán, era Isa. Su mensaje era puro islam, sumisión a Alá (C 3:84). Como todos los profetas musulmanes que le precedieron, y como Mahoma después de él, Isa fue un legislador, y los cristianos deberían someterse a su ley (C 3:50; C 5:48). Los discípulos originales de Isa fueron también verdaderos musulmanes, pues dijeron: “Creemos. Sé testigo de nuestra sumisión. [Somos musulmanes.]” (C 5:111).

“Los Libros”

Como otros mensajeros del islam antes que él, Isa recibió su revelación del islam en forma de libro (C 6:90). El libro de Isa se llama el Injil o “evangelio” (C 5:46). El libro de Moisés fue la Torá, y el libro de David fue el Zabur (Salmos). De ahí que judíos y cristianos sean “gente del Libro”. La única religión revelada en esos libros era el islam (C 3:18).

Al igual que sucediera con los profetas anteriores, la revelación de Isa verificó las revelaciones de los profetas que le habían precedido (C 3:49,84; C 5:46; C 61:6). El propio Mahoma verificó todas las revelaciones anteriores, incluida la revelación a Isa (C 4:47), y por lo tanto los musulmanes tienen que creer en la revelación que Isa recibió (C 2:136). Pero después de Isa el Injil se perdió en su forma original. Hoy el Corán es la única guía segura a las enseñanzas de Isa.

La biografía de Isa

Según el Corán, Isa era el Mesías. Tenía el apoyo del “Espíritu Santo” (C 2:87; C 5:110). También se le llama “la Palabra de Alá” (C 4:171).

La madre de Isa, Mariam, era hija de Imrán (C 3:34,35) -cf. el Amram de Éxodo 6:20- y hermana de Aarón (y Moisés) (C 19:28). Fue adoptada por Zacarías (el padre de Juan el Bautista) (C 3:36). Siendo todavía virgen (C 66:12; C 19:19-21), Mariam dio a luz a Isa cuando estaba a solas en un lugar apartado, al pie de una palmera datilera (C 19:22ss.) (no en Belén).

Recién nacido, Isa habló desde la cuna (C 3:46; C 5:110; C 19:30). Hizo también otros milagros, como dar vida con el aliento a pájaros de barro, curar a ciegos y leprosos y resucitar a muertos (C 3:49; C 5:111). También vaticinó la venida de Mahoma (C 61:6).

Isa no murió crucificado

Los cristianos y los judíos han corrompido sus escrituras (C 3:74-77, 113). Aunque los cristianos creen que Isa murió crucificado, y los judíos afirman haberle dado muerte, en realidad ni se le dio muerte ni se le crucificó, y los que dijeron que había sido crucificado mentían (C 4:157). Isa no murió, sino que ascendió a Alá (C 4:158). En el día de la Resurrección el propio Isa será testigo contra los judíos y los cristianos por haber creído en su muerte (C 4:159).

Los cristianos deben aceptar el islam, y todos los cristianos verdaderos lo harán

Los cristianos (y los judíos) no pudieron librarse de su ignorancia hasta que vino Mahoma trayendo el Corán como prueba clara (C 98:1). Mahoma fue el don de Alá a los cristianos para corregir malentendidos. Deben aceptar a Mahoma como Enviado de Alá, y aceptar el Corán como su revelación definitiva (C 5:15; C 57:28; C 4:47).

Algunos cristianos y judíos son fieles y creen verdaderamente (C 3:113,114). Todos esos creyentes verdaderos se someterán a Alá aceptando a Mahoma como el profeta del islam, es decir, se harán musulmanes (C 3:198).

Los judíos y los paganos serán los más hostiles a los musulmanes, pero los cristianos serán “los que tengan más cariño a los creyentes”, es decir, a los musulmanes (C 5:82). Los verdaderos cristianos no amarán a los enemigos de Mahoma (C 58:22). En otras palabras, todo aquel que se oponga a Mahoma no es cristiano verdadero.

Cristianos que aceptan el islam o lo rechazan

Algunos judíos y cristianos son creyentes verdaderos, que aceptan el islam; casi todos son transgresores (C 3:109).

Muchos monjes y rabinos son codiciosos e impiden que los hombres se acerquen a Alá (C 9:34,35).

Los cristianos o judíos que no crean en Mahoma irán al infierno (C 98:6).

Los musulmanes no han de tomar por amigos a cristianos ni judíos (C 5:51). Deben combatir contra los cristianos y los judíos que rechacen el islam hasta que éstos se rindan, paguen el tributo y se humillen (C 9:29). A esto se pueden añadir cientos de versículos coránicos sobre el tema de la yihad en el camino de Alá, así como el “Libro de la yihad” que se encuentra en todas las colecciones de hadices.

Creencias cristianas

Se ordena a los cristianos no creer que Isa sea el hijo de Dios: “sería muy impropio de su majestad trascendente tener un hijo” (C 4:171; C 25:2). Isa fue simplemente un ser humano creado, y un esclavo de Alá (C 4:172; C 3:59).

El Corán acusa a los cristianos de creer en una familia de dioses -Dios Padre, la madre María y el hijo Isa-, pero Isa rechazó esa doctrina (C 5:116). La doctrina de la Trinidad es descreimiento, y a los que creen en ella les espera un castigo doloroso (C 5:73).

Isa (Jesús) en los hadices

Isa destructor del cristianismo

El profeta Isa tendrá un papel importante al final de los tiempos, ya que establecerá el islam y hará guerra hasta destruir todas las religiones excepto el islam. Dará muerte al Maligno (Dajjal), un anticristo apocalíptico.

En una tradición de Mahoma leemos que no han de venir más profetas a la tierra hasta que Isa regrese; será “un hombre de mediana estatura o complexión rubicunda, vestido con dos prendas ligeras, de aspecto como si cayeran gotas de su cabeza aunque no esté húmeda. Combatirá por la causa del islam. Romperá la cruz, matará a los cerdos y abolirá el impuesto de capitación. Alá destruirá todas las religiones excepto el islam. Él (Isa) aniquilará al Maligno y vivirá en la tierra cuarenta años, y después morirá” (Sunan Abu Dawud, 37:4310). El Sahih Muslim da una variante de esa tradición: “El hijo de María [. . .] pronto descenderá entre vosotros como juez justo. Él [. . .] abolirá el tributo, y la riqueza se multiplicará de tal modo que nadie aceptará donaciones de caridad” (Sahih Muslim 287).

¿Qué significan esas afirmaciones? La cruz simboliza el cristianismo. Romper cruces significa suprimir el cristianismo. A los cerdos se les asocia con los cristianos. Matarlos es otra manera de aludir a la destrucción del cristianismo. Bajo la ley islámica se paga el impuesto de capitación, a cambio de la protección de la vida y la propiedad de la “gente del Libro” conquistada (C 9:29). Abolir ese tributo significa reanudar la yihad contra los cristianos (y judíos) que vivan bajo el islam, los cuales deberán convertirse al islam so pena de ser ejecutados o hechos esclavos. La abundancia de riqueza se refiere al botín que afluirá a los musulmanes como producto de esa conquista. Esto es lo que hará el Isa musulmán cuando vuelva al final de los tiempos.

Juristas musulmanes confirman estas interpretaciones. Véase, por ejemplo, el dictamen de Ahmad ibn Naqib al-Misri (m. en 1368):

“[. . .] el tiempo y lugar del [impuesto de capitación] es antes del descenso final de Jesús (la paz sea sobre él). Tras su venida final ya no se aceptará de ellos otra cosa que el islam, pues el cobro del impuesto sólo es efectivo hasta el descenso de Jesús (la paz sea sobre él y nuestro Profeta) . . .” (The Reliance of the Traveller, trad. Nuh Ha Mim Keller, p. 603).

Ibn Naqib añade que Jesús, cuando vuelva, gobernará “como seguidor” de Mahoma.


Observaciones críticas sobre el Isa (Jesús) musulmán

Isa no es un personaje histórico

El Isa del Corán no es un personaje histórico. Su identidad y su papel como profeta del islam no tienen otro fundamento que unas supuestas revelaciones a Mahoma cuando había transcurrido más de medio milenio desde que viviera y muriera el Jesús de la historia.

Jesús jamás se llamó Isa

La lengua materna de Jesús era el arameo. En vida se llamó Yeshua en arameo y Jesu en griego. Esto es como llamar a la misma persona John hablando en inglés y Jean hablando en francés: Jesu es la forma griega del arameo Yeshua. (La s final de Jesús es una terminación gramatical griega.) Yeshua a su vez es una forma del hebreo Yehoshua’, que quiere decir “el Señor es salvación”, y que nosotros pronunciamos Josué. Es decir, Josué y Jesús son variantes del mismo nombre.

Es interesante que el nombre de Jesús, Yehoshua’, contenga el nombre propio de Dios en hebreo, por ser la primera sílaba, Yeh-, abreviatura de YHWH, “el SEÑOR”.

A Yeshua de Nazaret nunca se le llamó Isa, con el nombre que le atribuye el Corán. Los cristianos de habla árabe no le llaman Isa, sino Yasou’ (de Yeshua).

Jesús no recibió un “libro”

Según el Corán, el “libro” revelado a Isa fue el Injil. La palabra Injil es una forma corrupta del griego euanggelion, “buena noticia”. ¿Qué era ese euanggelion? Era sencillamente como llamaba Jesús a su mensaje: una buena noticia. El término euanggelion no aludía a un texto revelado y fijado, ni hay absolutamente el menor indicio de que Jesús recibiera un “libro” de revelación de Dios.

Los “evangelios” de la Biblia son biografías

Más tarde el término euanggelion vino a ser empleado como título de las cuatro biografías de Jesús escritas por Mateo, Marcos, Lucas y Juan, los “evangelios”. Fue una expansión secundaria del significado. Parece que fue de esto de donde Mahoma sacó la idea equivocada de que el Injil fuera un “libro”.

La mayoría de los llamados profetas del islam no recibieron ningún libro

Prácticamente ninguno de los llamados “profetas” del islam, cuyos nombres están tomados de las escrituras hebraicas, recibió un “libro” o código de leyes. Los Salmos, por ejemplo, no son un libro que revele el islam, como pretende el Corán, sino una colección de cantos de adoración, de los cuales sólo algunos son obra de David. No hay ni rastro de evidencia en la historia bíblica de David de que recibiera un libro de leyes para los israelitas. Ya tenían la Torá de Moisés para seguirla. Así que David no fue un profeta en el sentido que tiene esa palabra en el Corán. Tampoco la mayoría de los profetas que reivindica el islam fueron legisladores ni gobernantes.

La profecía bíblica y la profecía islámica no son lo mismo

El sentido bíblico de la profecía es muy diferente del de Mahoma. Una profecía bíblica no pasa por ser un pasaje procedente de un texto celestial preexistente desde toda la eternidad como el Corán, sino un mensaje de Dios para un tiempo y lugar determinados. Un profeta bíblico es alguien a quien Dios revela cosas ocultas, y que seguidamente actúa como portavoz de Dios. Cuando una mujer samaritana llamó profeta a Jesús (Juan 4:19), fue porque éste le había hablado de cosas de la vida de ella que sólo podía conocer sobrenaturalmente. El cristianismo enseña que Jesús fue un profeta, pero no trajo ningún “libro”: él mismo era la viva “Palabra de Dios”, título que se aplica a Isa en el Corán.

En modo alguno se incorporaron al texto bíblico todas las profecías mencionadas en la Biblia. La Biblia está compuesta por materiales muy diversos, originalmente escritos con muchos propósitos distintos: cartas, cánticos, poesía amorosa, relatos históricos, textos legales, sabiduría proverbial, además de pasajes proféticos. Se consideran inspirados por Dios, pero no dictados de un libro celestial situado fuera del tiempo.

En cuanto historia profética, el Corán contiene muchos errores y anacronismos

La afirmación de que Jesús no fue ejecutado mediante crucifixión no tiene ninguna base histórica. Una de las cosas en las que coinciden todas las primeras fuentes es la crucifixión de Jesús.

A Mariam, la madre de Isa, se la llama hermana de Aarón, y también hija del padre de Aarón, Imrán (Amram en hebreo). Es claro que Mahoma confundió a María (Miriam en hebreo) con la Miriam del Éxodo. ¡Hay más de mil años de distancia entre las dos!

En la Biblia, Amán es el ministro de Asuero en Media y Persia (Esther 3:1-2). Pero el Corán le sitúa más de mil años antes, como ministro de Faraón en Egipto.

La afirmación de que los cristianos creen en tres dioses –el Padre, el hijo Jesús y la madre María- es errónea. También yerra el Corán al afirmar que los judíos dicen que Esdras era hijo de Dios (C 9:30). La acusación de politeísmo lanzada contra el cristianismo y el judaísmo es falsa y producto de la ignorancia (Deuteronomio 6:4; Santiago 2:19).

La historia del “bicorne” (C 18:82; cf. también Daniel 8:3,20-21) procede del Romance de Alejandro. Ciertamente Alejandro Magno no era musulmán.

Del problema del nombre Isa ya hemos hablado. También otros nombres bíblicos aparecen equivocados en el Corán, y perdido su significado. Por ejemplo Eliseo, que significa “Dios es salvación”, aparece en el Corán como al-Yash’a, convirtiendo EL, “Dios”, en al-, “el”. (La tradición islámica hizo lo mismo con Alejandro Magno, llamándole al-Iskandar, “el Iskander”). Abraham, “padre de muchos” (cf. Génesis 17:5), habría sido mejor representado por algo como Aburahim, “padre de misericordia”, en lugar de Ibrahim, que en árabe no significa nada.

En el Corán es un samaritano el que hace el becerro de oro que los israelitas adoran en el desierto (C 20:85) durante el Éxodo. En realidad fue Aarón (Éxodo 34:1-6). No hubo samaritanos hasta varios siglos después; eran descendientes de los israelitas del norte, siglos después del Éxodo.

Muchas historias del Corán tienen su origen en narraciones populares judías y cristianas y otros textos apócrifos. Por ejemplo, una historia que muestra a Abraham destruyendo ídolos (C 37) se encuentra en un cuento popular judío, el Midrash Rabbah. La historia coránica de Zacarías, el padre de Juan el Bautista, está basada en una fábula cristiana del siglo II. La historia de que Jesús nació al pie de una palmera datilera también se basa en una fábula tardía, al igual que la historia de Jesús infundiendo vida a pájaros de barro. Todo lo que el Corán dice de la vida de Jesús y no está en la Biblia se puede hallar en fábulas compuestas más de cien años después de la muerte de Jesús.

Los títulos de Mesías y Palabra de Dios que el Corán aplica a Jesús no encuentran explicación alguna en el Corán. Pero en la Biblia, de donde están tomados, se integran bien en un sistema teológico completo.

El Corán menciona al Espíritu Santo en relación con Jesús, empleando expresiones que proceden de los Evangelios. Ibn Ishaq (Vida de Mahoma) refiere que Mahoma dijo que ese “Espíritu” era el ángel Gabriel (cf. también C 16:102, C 2:97). Pero la expresión bíblica “Espíritu de Dios” (Ruach Elohim) o “Espíritu Santo” sólo se puede entender a la luz de las escrituras hebraicas. Desde luego no se refiere a un ángel.

El anuncio que supuestamente habría hecho Jesús de la venida de Mahoma (C 61:6) parece estar basado en una lectura amañada de Juan 14:26, un pasaje que en realidad se refiere al Espíritu.

Las escrituras hebraicas eran la Biblia de Jesús. Él afirmó su autoridad y fiabilidad, y predicó a partir de ellas. Por aquellas mismas escrituras conocía a Dios como Adonai Elohim, el Señor Dios de Israel. Él no llamaba a Dios Allah, que parece haber sido el nombre o título de una deidad pagana árabe que recibía culto en La Meca antes de Mahoma. Ya el padre pagano de Mahoma, que murió antes de que éste naciera, llevaba el nombre de Abd Allah, “esclavo de Alá”, y su tío se llamaba Obeid Allah.

Leemos que en el Corán (C53:19-23) se pretende refutar la creencia árabe pagana de que Alá tuviera unas hijas llamadas al-Uzza, al-Ilat y Manat. (Véanse también C 16:57 y C 6:100.)

Las narraciones bíblicas son ricas en detalles históricos, que en muchos casos han sido confirmados por la arqueología. Abarcan más de mil años, y revelan un largo proceso de desarrollo tecnológico y cultural. En contraste, la historia sagrada del Corán carece de respaldo arqueológico. Sus historias, fragmentarias e inconexas, no ofrecen ningún reflejo auténtico de culturas históricas. No se menciona ningún topónimo del antiguo Israel, ni siquiera Jerusalén. Muchos de los supuestos sucesos históricos que se refieren en el Corán carecen de verificación independiente. Se nos dice, por ejemplo, que Abraham e Ismael construyeron la Kaaba de La Meca (C 2:127), pero no existe absolutamente nada que lo corrobore. El relato bíblico, que es anterior en más de mil años, no sitúa a Abraham en ningún lugar próximo a Arabia.

El Corán no es una fuente creíble para la historia bíblica

No cabe considerar que el Corán, escrito en el siglo VII d.C., tenga autoridad alguna para informarnos acerca de Jesús de Nazaret. No ofrece ninguna prueba de sus afirmaciones sobre historia bíblica. Sus numerosos errores históricos reflejan una interpretación tergiversada de la Biblia.

El islam se apropia la historia del judaísmo y del cristianismo

Cuando Mahoma enlazó el nombre de Allah con las historias religiosas del judaísmo y el cristianismo, fue una manera de reclamarlas para el islam. A la luz de los sucesos posteriores, la reivindicación de que el islam fuera la religión original, y de que todos los profetas precedentes fueran musulmanes, se puede considerar como un intento de apropiarse las historias de otras religiones para el islam. El efecto es desposeer al cristianismo y al judaísmo de sus historias propias.

Piénsese que muchos lugares bíblicos, tales como las tumbas de los patriarcas hebreos y el Monte del Templo, son reivindicados por el islam como lugares musulmanes, no judíos ni cristianos. No en vano nos dice el Corán que Abraham “era musulmán”. Bajo la dominación islámica, todo judío o cristiano fue expulsado de esos lugares.

El lugar de las escrituras judaicas en el cristianismo es completamente diferente del lugar de la Biblia en el islam

Existe una diferencia fundamental entre las actitudes cristianas hacia las escrituras judaicas y las actitudes islámicas hacia la Biblia. Los cristianos aceptan las escrituras hebreas. Eran las escrituras de Jesús y los apóstoles. Eran las escrituras de la Iglesia primitiva. Todo el dogma y la práctica cristianos descansan sobre ellas. Conceptos cristianos centrales como los de “Mesías” (en griego “Christos”), “Espíritu de Dios”, “Reino de Dios” y “salvación” tienen hondas raíces en las tradiciones hebreas de la Biblia.

Vemos también que los seminarios cristianos dedican un esfuerzo considerable al estudio de las escrituras hebreas. Es parte integral de la formación para el sacerdocio cristiano. Las escrituras hebreas se leen (traducidas) cada domingo en muchas iglesias de todo el mundo.

En contraste, el tratamiento que da el islam a la Biblia es de absoluto desprecio. Aunque afirma “verificar” toda la revelación profética anterior, el Corán prescinde del contenido real de la Biblia. La acusación de que cristianos y judíos hubieran corrompido deliberadamente sus escrituras se lanza sin pruebas, y sólo sirve para tapar las deficiencias históricas del Corán. Es infrecuente que los eruditos musulmanes tengan un conocimiento informado de la Biblia o de la teología bíblica, y por lo tanto permanecen ignorantes de estas realidades.

Así hablan de Jesús algunas voces musulmanas de hoy

Yasser Arafat, en una conferencia de prensa dada en las Naciones Unidas en 1983, dijo que Jesús fue “el primer fedayin palestino que tomó la espada” (es decir, que fue un insurgente por el islam).

El jeque Ibrahim Madhi, al servicio de la Autoridad Palestina, decía en una emisión en directo de la televisión de la Autoridad Palestina en abril de 2002: “Los judíos esperan al falso mesías judío, mientras que nosotros esperamos, con la ayuda de Alá, [. . .] a Jesús, la paz sea sobre él. Las manos puras de Jesús asesinarán al falso mesías judío. ¿Dónde? En la ciudad de Lod, en Palestina”.

El escritor Shamim A. Siddiqi, de Flushing (Nueva York), expuso con toda claridad la posición clásica del islam hacia el cristianismo en una reciente carta a Daniel Pipes, columnista del New York Post:

“Abraham, Moisés, Jesús y Mahoma fueron todos profetas del islam. El islam es la herencia común de la comunidad judeo-cristiano-musulmana de América, y establecer el Reino de Dios es la responsabilidad conjunta de las tres fes abrahámicas. El islam fue el din (fe, camino de vida) tanto de los judíos como de los cristianos, quienes después lo perdieron a través de innovaciones humanas. Ahora los musulmanes quieren recordar a sus hermanos y hermanas judíos y cristianos lo que era su din [religión] original. Éstos son los hechos de la historia.”

Este negacionismo histórico –fingir que se afirman el cristianismo y el judaísmo cuando la verdad es que se los rechaza y suplanta- es un eje cardinal de la apologética musulmana. Lo que se está afirmando en realidad no es ni el cristianismo ni el judaísmo, sino a Jesús como profeta del islam, a Moisés como musulmán, etc. Con ello se pretende conducir a la “reversión” de los cristianos y judíos al islam, que es a lo que se refiere Siddiqi cuando habla de “la responsabilidad conjunta” de judíos y cristianos de establecer un “Reino de Dios”. Con eso quiere decir que los cristianos y judíos americanos deberían cooperar en la implantación de la sharía y el régimen islámico en los Estados Unidos.

Conclusión

El Isa (Jesús) del Corán es un producto de la fábula, la imaginación y la ignorancia. Cuando los musulmanes veneran a ese Isa, están pensando en alguien que no es el Yeshua o Jesús de la Biblia y de la historia. El Isa del Corán no tiene base en ninguna forma reconocida de dato histórico, sino en fábulas que circulaban en la Arabia del siglo VII.

Para la mayoría de los musulmanes devotos, Isa es el único Jesús que conocen. Pero si se acepta a ese “Jesús” musulmán, entonces también se acepta el Corán: se acepta el islam. La fe en ese Isa se gana a costa del libelo de que judíos y cristianos hayan corrompido sus escrituras, acusación que carece de apoyo histórico. Creer en ese Isa implica que gran parte de la historia cristiana y judaica es en realidad historia islámica.

El Jesús de los evangelios es la base sobre la que se desarrolló el cristianismo. Al islamizarle, y hacer de él un profeta musulmán que predicó el Corán, el islam destruye el cristianismo y se apodera de toda su historia. Lo mismo hace con el judaísmo.

En el final de los tiempos que Mahoma describe, Isa pasar a ser un guerrero que retornará armado de lanza y espada. Destruirá la religión cristiana y hará del islam la única religión en todo el mundo. Por último, en el juicio final condenará a los cristianos al infierno por creer en la crucifixión y la encarnación.

Ese acto final del Isa musulmán refleja la estrategia apologética del islam en relación con el cristianismo, que consiste en negar al Yeshua histórico y reemplazarle con un facsímil de Mahoma, de modo que lo único que quede sea el islam.

“La corriente sustitucionista musulmana afirma que la entera historia bíblica de Israel y del cristianismo es historia islámica; que todos los profetas, los reyes de Israel y de Judá y Jesús fueron musulmanes. Que la Gente del Libro se atreva a impugnar esa afirmación constituye una arrogancia intolerable para un teólogo islámico. De esa manera se despoja a judíos y cristianos de sus Sagradas Escrituras, y del valor salvífico de éstas.”

Bat Ye’or en Islam and Dhimmitude: where civilizations collide, pág. 370


Apéndice: Testimonios históricos de Jesús (Yeshua) de Nazaret y su muerte por crucifixión

Fuentes no cristianas acerca de Jesús

Tácito (55-120 d.C.), célebre historiador de la Roma antigua, escribió en la segunda mitad del siglo I que “Christus . . . fue ajusticiado por Poncio Pilato, procurador de Judea en el reinado de Tiberio: pero la perniciosa superstición, reprimida por algún tiempo, volvió a extenderse, no sólo por Judea, donde se originó el problema, sino también en la ciudad de Roma”. (Anales 15:44)

Suetonio, escribiendo hacia el año 120 d.C., habla de disturbios de los judíos a “instigación de Chrestus” en tiempos del emperador Claudio. Podría ser una referencia a Jesús, y parece tener relación con los sucesos de Hechos 18:2, que tuvieron lugar en el año 49 d.C.

Talo, historiador profano que escribió quizá en torno al año 52 d.C., alude a Jesús hablando de la oscuridad que cubrió la tierra después de su muerte. El original se ha perdido, pero los argumentos de Talo –que explican lo sucedido como un eclipse de sol- están citados por Julio Africano a comienzos del siglo III.

Mara Bar-Serapion, un sirio que escribió después de la destrucción del Templo en el año 70 d.C., menciona la anterior ejecución de Jesús, al que llama “rey”.

El Talmud Babilónico alude a la crucifixión (llamándola ahorcamiento) de Jesús el Nazareno en la víspera de la Pascua. En el Talmud también se nombra a Jesús calificándole de hijo ilegítimo de María.

El historiador judío Josefo describe la crucifixión de Jesús bajo Pilato en sus Antigüedades, escritas hacia el 93/94 d.C. Josefo alude asimismo a Santiago el hermano de Jesús y su ejecución en tiempos del sumo sacerdote Ananus (Anás).

Las epístolas de Pablo

Las epístolas de Pablo fueron escritas entre veinte y treinta años después de la muerte de Jesús. Son documentos históricos de valor, entre otras cosas porque contienen confesiones de fe que indudablemente se remontan a las primeras décadas de la comunidad cristiana.

Pablo se hizo cristiano cuando habían transcurrido pocos años desde la crucifixión de Jesús. En su primera carta a los corintios escribe: “Primero y ante todo, os transmití lo que yo mismo había recibido: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a lo anunciado en las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a esas mismas Escrituras; que se apareció primero a Pedro, y más tarde a los doce”. Ahí se confirma claramente que la creencia en la muerte de Jesús data de los comienzos del cristianismo.

Los cuatro Evangelios

Los cuatro Evangelios fueron puestos por escrito entre veinte y sesenta años después de la muerte de Jesús, cuando aún vivían quienes podían recordar los sucesos que describen.

La mayor parte de los sucesos narrados en los Evangelios tuvieron lugar a plena luz. La enseñanza de Jesús fue seguida por grandes muchedumbres. Hubo infinidad de testigos de los hechos de su vida. Su muerte fue una ejecución pública.

Fiabilidad de los manuscritos de la Biblia y su transmisión

La fiabilidad de los manuscritos de las Escrituras en griego es extraordinaria, mucho mayor que la de todos los demás textos antiguos. Son más de 20.000 los manuscritos que las corroboran. Aunque no faltan errores de transcripción, como era de esperar en copias hechas por amanuenses, casi siempre son de poca importancia, y la integridad básica del proceso de copia está abundantemente atestiguada.

A ello hay que añadir que, cuando los cristianos de Occidente estudiaron las Escrituras en hebreo durante el Renacimiento, se comprobó su coincidencia con las traducciones al griego y al latín que venían copiándose una y otra vez desde hacía mil años. Había errores de copia y otras pequeñas variantes, pero no falseamientos significativos de la magnitud que habría sido necesaria para inventar la historia de la muerte de Jesús.

Análogamente, cuando se descubrieron los Rollos del Mar Muerto se vio que entre ellos había rollos de la Biblia hebrea anteriores a la época de Jesús. También éstos coincidían estrechamente con los manuscritos masoréticos hebreos más antiguos, posteriores en más de mil años. Tampoco entonces se hallaron falsificaciones, sino que se comprobó que las copias eran notablemente fidedignas.

Conclusión: Jesús de Nazaret es un personaje histórico

Es obvio que hay sucesos relacionados con la vida de Jesús que muchos no cristianos se niegan a aceptar, como los milagros, el nacimiento virginal y la resurrección. Pero lo que está fuera de discusión es que Yeshua (“Jesús”) de Nazaret fue un personaje histórico, que vivió, tuvo en vida seguidores entre sus compatriotas judíos y fue ejecutado por crucifixión por las autoridades romanas, tras de lo cual sus seguidores se extendieron rápidamente. Las fuentes profanas y cristianas de la época están de acuerdo en esto.

Las fuentes primarias para la historia de la vida pública de Jesús son los Evangelios. Los Evangelios fueron puestos por escrito no mucho después de su muerte -cuando aún vivían testigos presenciales de los hechos-, y todo indica que fueron fuentes aceptadas como fidedignas por la primera comunidad cristiana, en una época en la que todavía había testigos de vista y de oídas de la vida de Jesús.

Nuestra conclusión es que todas las afirmaciones acerca de Isa (Jesús) que se contienen en el Corán, afirmaciones hechas seis siglos después de la muerte de Jesús, deben ser juzgadas a la luz de la evidencia histórica de estas fuentes del siglo I, y no a la inversa.


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2006/07/31

Buenas y malas noticias



De Malas noticias: Luchando contra la judeofobia en los medios.

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2006/05/24

En la red y en español: "El islam a debate"


Mientras esperamos con paciencia o cachaza porcina –nunca escasa, como conviene al animal destinado a engordar– que las odiosas ocupaciones que tienen invadida la cochiquera se larguen de una vez y nos dejen rematar a gusto las siguientes entradas de este blog, nos alegra poder señalar la disponibilidad en línea de un utilísimo documento en español, el breve libro de Josh McDowell y John Gilchrist El islam a debate, traducido por Santiago Escuain y editado en su versión inglesa original en 1982. Que tenga más de veinte años es lo de menos: catorce siglos tiene su tema, que no es otro que el de los argumentos del islam contra el cristianismo.

De las muchas cosas básicas que ahí puede aprender el lector, quizá la más importante para cualquiera, y no sólo para el apologista cristiano, sea la radical falsedad de afirmar que el islam “respeta” y hace suya la tradición bíblica. ¿Cómo puede seguir circulando esa burda patraña? Pues como tantas otras, oink.

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2006/01/17

Mi patrono San Antón


¡Hoy, 17 de enero, es la fiesta de mi patrono! Sí, ése que aparece en los altares con un fiel guarrillo a los pies, el San Antonio anacoreta de las tentaciones, pobre patrono mío. Y como no siempre vamos a estar tratando aquí de cosas desagradables y amenazadoras, ¿qué mejor ocasión para invitar a los amantes del arte a visitar la exposición virtual que a San Antón y su chancho dedica ahora mismo el excelente sitio Porkópolis? Vayan a verla, cliqueen en los cuadritos y pasarán un buen rato, oink.

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2006/01/11

Bostom: El atolladero de Eurabia inspira "soluciones" míticas (I)

[Agradecemos a Andrew G. Bostom su autorización para traducir al español y publicar íntegramente el artículo siguiente, cuya versión original se encuentra aquí. Dada la extensión del texto, lo publicamos en dos partes.]


El atolladero de Eurabia inspira “soluciones” míticas
Andrew G. Bostom

24 de noviembre de 2005

Al cabo de casi tres semanas seguidas de disturbios en Francia por obra de jóvenes en su mayoría musulmanes, la violencia ha descendido, aunque sea a un nivel inestable muy superior a la “cota base” de comienzos de octubre, antes del estallido de los sucesos (por ejemplo, en número de vehículos quemados por día: véase este gráfico).

Las exculpaciones dominantes respecto a estos desórdenes, emanadas de expertos de todos los colores políticos, niegan o trivializan el papel del islam. Por ejemplo, a pesar de que en el curso de la intifada francesa los alborotadores, musulmanes en su inmensa mayoría, han profanado o incendiado doce iglesias cristianas, esos actos de fanatismo apenas han sido recogidos por periodistas de investigación o blogueros, mientras que los comentaristas pontificantes los han silenciado totalmente.

Las valoraciones exculpatorias tampoco han mencionado la existencia de entidades islámicas tan influyentes y amenazadoras como la Liga Árabe Europea, un detestable grupo para el cual la asimilación de los musulmanes en el contexto europeo equivaldría a la violación, o el Consejo Europeo de Fetuas, presidido por el líder “espiritual” de los Hermanos Musulmanes, Yusuf al-Qaradawi, quien aprueba el terrorismo suicida contra civiles israelíes y ha declarado públicamente que “el islam conquistará Europa”.

También han estado ausentes de esos comentarios las alarmantes declaraciones hechas por líderes musulmanes europeos en el encuentro “Musulmanes en Europa”, que acompañó a la inauguración de la nueva mezquita de Granada el 10 de julio de 2003. El orador principal en aquel encuentro pretendidamente “ecuménico”, el dirigente musulmán español Umar Ibrahim Vadillo, exhortó a los musulmanes a procurar el hundimiento económico de las economías occidentales (mediante el abandono de las monedas occidentales y su sustitución por el dinar de oro), mientras que el dirigente musulmán alemán Abu Bakr Rieger instó a los asistentes a no adaptar sus prácticas religiosas islámicas para conciliarlas con los valores europeos (¿quería decir de la Ilustración occidental?).

Finalmente, ninguna de las crónicas exculpatorias se ha hecho eco, ni menos aún ha extraído consecuencias, de los preocupantes resultados de una encuesta llevada a cabo entre musulmanes británicos poco después de los atentados del pasado 7 de julio en Londres. Dicha encuesta reveló que uno de cada tres musulmanes británicos no tenía inconveniente en reconocer que “la sociedad ocidental es decadente e inmoral y (...) los musulmanes deberían acabar con ella”, expresando ostensiblemente su deseo de reemplazar la democracia liberal que hoy existe en Gran Bretaña por un modelo teocrático basado en la sharía.

El filósofo francés Alain Finkielkraut ha señalado con acierto que es una reductio ad absurdum visualizar la “dimensión social” de los disturbios de Francia de manera exclusiva (y obsesiva) como

una revuelta de jóvenes de los barrios periféricos contra su situación, contra la discriminación que padecen, contra el desempleo. El problema es que la mayoría de esos jóvenes son negros o árabes de identidad musulmana (...) en Francia viven también otros inmigrantes en situación difícil –chinos, vietnamitas, portugueses–, y no están participando en los disturbios. Está claro, por lo tanto, que esta revuelta tiene un carácter etnorreligioso.

A pesar de las notables observaciones de Finkielkraut, y otras de los pocos periodistas a los que atinadamente ha aplaudido Melanie Phillips por el mero hecho de tener “la cabeza vuelta hacia donde deben”, la propia Phillips ha alertado contra esa mentalidad dominante que pretende negar la verdad a base de vituperios y sustituir la realidad por fantasías.

Quizá haya sido Amir Taheri quien ha citado los ejemplos más inquietantes de esa proclividad al cultivo de fantasías tan ajenas a la historia como peligrosas. Hemos asistido a la resurrección de dos invenciones míticas de un supuesto régimen islámico “ecuménico” en Europa: el “paraíso andalusí” de la España musulmana y el antiguo sistema otomano del millet (referido sobre todo a Europa Oriental, y principalmente a los Balcanes). Cuenta Taheri que Gilles Kepel, actualmente consejero del presidente Chirac para asuntos islámicos (¡a pesar de haber sostenido antes del 11-S que el yihadismo estaba acabado en el conjunto de la umma musulmana!), ha recomendado la creación de una moderna Andalucía,

en la que cristianos y musulmanes vivirían juntos y cooperarían para crear una nueva síntesis cultural.

Desdichadamente es Taheri, y no Kepel, el consejero de Chirac, quien tiene la sensatez de plantearse la cuestión crítica del poder político soberano, preguntando: “(...) ¿quién gobernará esta nueva Andalucía, los musulmanes o los franceses mayoritariamente laicistas?”. Otros pensadores ofuscados “incluso están pidiendo que las zonas en donde los musulmanes constituyen la mayoría de la población se reorganicen según el sistema del millet del imperio otomano: cada comunidad religiosa (millet) disfrutaría del derecho a organizar su vida social, cultural y educativa con arreglo a sus creencias religiosas”, escribe Taheri.


La “síntesis cultural” andaluza y el “tolerante” sistema otomano del millet *

Andalucía sin camuflaje

La Península Ibérica fue conquistada entre el 710 y el 716 d.C. por tribus árabes que tenían su origen en el norte, centro y sur de Arabia. La conquista fue una yihad clásica, profusamente acompañada de actos de pillaje, esclavización, deportación y matanza. La mayoría de las iglesias quedaron convertidas en mezquitas. A continuación hubo un proceso masivo de inmigración y colonización árabe y beréber. Toledo, que había empezado sometiéndose a los árabes en el 711 o el 712, se rebeló en el 713; la ciudad fue castigada con el saqueo, y degollados todos sus notables. En el 730 fue asolada la Cerdaña (parte de la Septimania cercana a Barcelona) y quemado vivo un obispo. En las regiones donde se estabilizó el control islámico, los judíos y cristianos no convertidos al islam, los llamados dhimmíes, quedaron sojuzgados como en el resto de los territorios islámicos: se les prohibió edificar nuevas iglesias o sinagogas y restaurar las antiguas. Segregados en barrios especiales, tenían que vestir ropa distintiva. El campesinado cristiano, sometido a fuertes impuestos, formó una clase servil explotada por las elites árabes dominantes; muchos abandonaron las tierras y escaparon a las ciudades. Las peticiones de auxilio de los mozárabes (los dhimmíes cristianos) a los monarcas cristianos desataron severísimas represalias, con mutilaciones y crucifixiones. Además, bastaba con que un solo dhimmí dañara a un musulmán para que la comunidad entera perdiera su estatuto de protegida y quedara expuesta al expolio, la esclavización y la matanza arbitraria.

Al finalizar el siglo VIII, los gobernantes del norte de África y de Al-Andalus implantaron la rigurosa jurisprudencia malikí como escuela hegemónica del derecho musulmán. Como hace tres cuartos de siglo observara Evariste Lévi-Provençal:

El estado musulmán andalusí aparece así desde sus primeros orígenes como defensor y adalid de una celosa ortodoxia, cada vez más osificada en el respeto ciego a una doctrina rígida, que desconfiaba del más mínimo esfuerzo de especulación racional y lo condenaba de antemano.

Charles-Emmanuel Dufourcq da estos ejemplos ilustrativos de las consiguientes discriminaciones religiosas y legales que sufrían los dhimmíes, y los incentivos a convertirse al islam:

(...) la libertad de los “infieles” estaba constantemente amenazada. Sobre el dhimmí que no pagase la tasa de capitación podían caer todas las penas islámicas aplicables al deudor que no restituyera al acreedor; el infractor podía ser vendido como esclavo o incluso condenado a muerte. Y no sólo eso, sino que el impago del impuesto por uno o varios dhimmíes –sobre todo si era fraudulento– otorgaba a la autoridad musulmana poderes discrecionales para liquidar la autonomía de la comunidad a la que pertenecieran el o los culpables. En consecuencia, de un día al siguiente todos los cristianos de una ciudad podían perder su estatuto de pueblo protegido por culpa de uno solo de ellos. Todo podía ser revocado, incluida la libertad personal (...). El impago del tributo legal no era tampoco el único motivo de abrogación del estatuto de la “Gente del Libro”; otro era el “ultraje público a la fe musulmana”, por ejemplo dejar a la vista de los musulmanes una cruz, o vino, o incluso cerdos.

(...) convirtiéndose [al islam] ya no había por qué vivir confinado en un determinado distrito, ni ser víctima de medidas discriminatorias ni sufrir humillaciones (...). Además, toda la ley islámica tendía a favorecer las conversiones. Cuando un “infiel” se hacía musulmán, inmediatamente se beneficiaba de una amnistía completa de todos sus delitos pasados, aunque hubiera sido sentenciado a la pena capital, aunque fuera por haber insultado al Profeta o blasfemado contra la Palabra de Dios: la conversión le absolvía de todas sus faltas, de todos sus pecados anteriores. Resulta muy instructiva un dictamen dado por un muftí de Al-Andalus en el siglo IX: un dhimmí cristiano raptó y violó a una musulmana; habiendo sido prendido y condenado a muerte, al instante se convirtió al islam, y automáticamente fue perdonado, aunque se le obligó a casarse con la mujer y a aportarle una dote proporcionada a su posición social. El muftí consultado acerca del caso, tal vez por un hermano de la víctima, dictaminó que la decisión judicial era absolutamente conforme a derecho, pero especificó que si el converso no se hubiera hecho musulmán de buena fe, y en secreto siguiera siendo cristiano, entonces debería ser azotado y ejecutado por crucifixión (...).

Al-Andalus representó la tierra de yihad por excelencia. Cada año se lanzaban incursiones (o varias veces al año en forma de razzias “estacionales” [ghazwa]) a asolar los reinos cristianos del norte peninsular, la región vasca o Francia y el valle del Ródano, incursiones que volvían cargadas de botín y esclavos. Corsarios andalusíes atacaban e invadían las costas de Sicilia y de Italia, y hasta las islas del mar Egeo, saqueando e incendiando a su paso. Fueron muchos miles los cautivos no musulmanes deportados a Al-Andalus, donde el califa mantenía una milicia de decenas de miles de esclavos cristianos traídos de todas las partes de la Europa cristiana (los saqaliba), y un harén de cristianas capturadas.

La sociedad estaba nítidamente dividida por líneas de demarcación étnicas y religiosas, con las tribus árabes en la cima de la jerarquía, seguidas por los beréberes, a quienes nunca se reconoció como iguales a pesar de su islamización. Más abajo estaban los conversos o muladíes, y en lo ínfimo de la escala los dhimmíes cristianos y judíos. Hacia el año 1100, el jurista malikí andaluz Ibn Abdun (m. 1134) daba estos reveladores dictámenes en relación con los judíos y cristianos de Sevilla:

No se debe consentir que ningún (...) judío ni cristiano lleve atuendo de persona honorable, ni de jurista, ni de hombre pudiente; por el contrario, deben ser detestados y rehuidos. Está prohibido [saludarlos] con la [expresión] “La paz sea contigo”. Pues en efecto, “El Demonio se ha apoderado de ellos y les ha hecho olvidarse del recuerdo de Dios. Ésos son el partido del Demonio. Y ¿no son los del partido del Demonio los que pierden?” (Corán 58:19 [trad. esp. de Cortés]). Debe imponérseles una señal distintiva para poderlos reconocer, y será para ellos una forma de oprobio.

Otro destacado jurisconsulto andaluz, Ibn Hazm de Córdoba (m. 1064), escribió que si Alá había dispuesto que los infieles poseyeran bienes era únicamente para proveer de botín a los musulmanes.

En Granada los visires judíos Samuel Ibn Nagrila y su hijo José, que protegieron a la comunidad judía, murieron asesinados entre 1056 y 1066, y su muerte fue seguida de la aniquilación de la población judía a manos de los musulmanes del lugar. Se calcula que hasta cinco mil judíos perecieron en el pogrom musulmán que acompañó al asesinato de 1066. Esa cifra iguala o supera a la de judíos presuntamente asesinados por los cruzados en su pillaje de la Renania unos treinta años después, al comienzo de la Primera Cruzada. Es probable que al pogrom de Granada incitara, entre otras cosas, la acerba oda antijudía de Abu Ishaq, célebre jurista y poeta musulmán de la época, que había escrito:

Abajadlos a su sitio y que vuelvan a lo más abyecto. Antes erraban harapientos, cubiertos de desprecio, humillación y desdén. Revolvían en los estercoleros buscando un trapo sucio para sudario con que enterrarse (...). No penséis que matarlos sea traición; traición sería dejar que se burlen. [El traductor resume a continuación: “Los judíos han quebrantado su pacto (es decir, se han propasado, en alusión al Pacto de Omar) y la compunción estaría fuera de lugar”.]

Las políticas discriminatorias de los musulmanes beréberes almorávides (llegados a España en 1086), y posteriormente las de los todavía más fanatizados y violentos musulmanes beréberes almohades (llegados a España en 1146-1147), mermaron rápidamente las comunidades preislámicas de cristianos ibéricos (mozárabes), poniéndolas al borde de la extinción. La actitud de los almorávides hacia los mozárabes queda bien reflejada en las tres expulsiones sucesivas de éstos a Marruecos, en 1106, 1126 y 1138. Los mozárabes oprimidos mandaron emisarios al rey de Aragón Alfonso I el Batallador (1104-1134), pidiendo que acudiera en su auxilio y los liberase de los almorávides. Tras la campaña que el rey de Aragón libró en Andalucía en 1125-1126 en respuesta a las súplicas de los mozárabes de Granada, éstos fueron deportados en masa a Marruecos en el otoño de 1126.

Los almohades (1130-1232) hicieron tremendos estragos en las poblaciones judía y cristiana de España y el norte de África. Su vandalismo –matanzas, cautiverios y conversiones forzosas– está descrito por el cronista judío Abraham Ibn Daud y el poeta Abraham Ibn Ezra. Desconfiando de la sinceridad de los judíos convertidos al islam, “inquisidores” musulmanes (es decir, adelantados en tres siglos a sus homólogos cristianos españoles) separaban a los niños de esas familias y los confiaban a educadores musulmanes. El famoso filósofo y médico Maimónides experimentó las persecuciones almohades, y tuvo que huir de Córdoba con toda su familia en 1148, para residir temporalmente en Fez (haciéndose pasar por musulmán) antes de encontrar asilo en el Egipto fatimí. Es un hecho que, a pesar de la frecuencia con que se cita a Maimónides como parangón de las cimas que pudo alcanzar la cultura judía gracias al gobierno ilustrado de Al-Andalus, sus propias palabras echan por tierra esa visión utópica del trato que dispensaban los musulmanes a los judíos:

(...) los árabes nos han perseguido con severidad, y han promulgado legislación funesta y discriminatoria contra nosotros (...). Nunca hubo nación que nos acosara, degradara, rebajara ni odiara como ellos (...).


[El artículo de Bostom continúa en el post siguiente.]

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Bostom: El atolladero de Eurabia inspira "soluciones" míticas (y II)

[Damos a continuación la segunda y última parte del artículo de Andrew G. Bostom:]

El “tolerante” sistema del millet – de yihad otomana a dhimmitud otomana

También el erudito turco Halil Inalcik, estudioso contemporáneo de la historia otomana, ha subrayado la importancia del celo religioso musulmán, expresado a través de la yihad, como motivación primaria de las conquistas de los turcos otomanos:

El ideal de la ghazwa o Guerra Santa fue un factor importante en la fundación y el desarrollo del estado otomano. La sociedad de los principados fronterizos se conformó a un particular patrón cultural imbuido del ideal de la Guerra Santa continua y la continua expansión del Dar ul Islam, de las tierras del islam, hasta que cubrieran el mundo entero.

Alentadas por teólogos musulmanes piadosos, aquellas ghazi fueron la vanguardia de las conquistas yihadistas tanto selyúcidas como otomanas. A. E. Vacalopoulos pone de relieve el papel de los derviches durante las campañas otomanas:

(...) derviches fanáticos y otros líderes musulmanes devotos (...) trabajaban constantemente por la diseminación del islam. Venían haciéndolo desde los albores del estado otomano, y habían desempeñado un importante papel en la consolidación y extensión del islam. Estos derviches fueron particularmente activos en las regiones despobladas de las fronteras orientales. Allí se establecían con sus familias, atraían a otros colonos, y de ese modo pasaban a ser los virtuales fundadores de nuevos centros de población, cuyos habitantes invariablemente mostraban las mismas cualidades de hondo fervor religioso. Desde aquellos lugares los derviches o sus agentes partían a alistarse en nuevas empresas militares por la extensión del estado islámico. A cambio el estado les concedía tierra y privilegios en condiciones generosas, sin otras exigencias que las de cultivar la tierra y asegurar las comunicaciones.

La islamización de Asia Menor se complementó con campañas paralelas y subsiguientes de la yihad otomana en los Balcanes. Vacalopoulos, comentando las primeras incursiones otomanas en Tracia a mediados del siglo XIV, y Dimitar Angelov, dentro de una visión general que destaca las campañas posteriores de Murat II (1421-1451) y Mehmet II (1451-1481), ilustran el impacto de la yihad otomana en las poblaciones balcánicas vencidas:

Desde el principio de la ofensiva turca [en Tracia] bajo Suleiman [hijo del sultán Orján], los turcos trataron de consolidar su posición mediante la imposición forzosa del islamismo. Si hemos de creer a [el historiador otomano] Sukrullah, los que se negaban a abrazar la fe mahometana eran pasados a cuchillo, y esclavizadas sus familias. “Allí donde había campanas”, escribe el mismo autor [esto es, Sukrullah], “Suleiman las hizo pedazos y las echó al fuego. Allí donde había iglesias las destruyó o las convirtió en mezquitas. De ese modo, en vez de campanas pasó a haber muecines. Dondequiera que todavía se encontraran infieles cristianos, se impuso vasallaje a sus dirigentes. Al menos en público ya no pudieron decir “kyrie eleison”, sino “No hay otro dios que Alá”; y allí donde antes sus plegarias iban dirigidas a Cristo, a partir de entonces lo fueron a “Mahoma, el profeta de Alá”.

(...) la conquista de la Península Balcánica completada por los turcos en un par de siglos causó una destrucción incalculable de bienes materiales, innumerables matanzas, la esclavización y el exilio de una gran parte de la población; en suma, un declive general y prolongado de la productividad, como fuera el caso de Asia Menor después de ser ocupada por los mismos invasores. Ese declive de la productividad es tanto más llamativo si se recuerda que a mediados del siglo XIV, cuando los otomanos sentaron sus primeras bases en la península, los estados allí existentes –Bizancio, Bulgaria y Serbia– habían alcanzado ya un nivel bastante alto de desarrollo económico y cultural. (...) Las campañas de Murat II (1421-1451), y sobre todo las de su sucesor, Mehmet II (1451-1481), en Serbia, Bosnia, Albania y el principado bizantino del Peloponeso, fueron particularmente devastadoras. Durante la campaña que los turcos libraron en Serbia en 1455-1456, Belgrado, Novo-Bardo y otras ciudades fueron en gran parte arrasadas. La invasión turca de Albania en el verano de 1459 causó enormes estragos. Según la crónica que escribió de ella Kritobulos, los invasores destruyeron la totalidad de la cosecha y arrasaron las ciudades fortificadas que habían capturado. El país se vio afligido por nuevas devastaciones cuando en 1466 los albaneses, tras una resistencia heroica, tuvieron que replegarse a las regiones más inaccesibles para continuar desde allí la lucha. También fueron muchas las ciudades reducidas a ruinas en el curso de la campaña que Mehmet II dirigió en 1463 contra Bosnia, entre ellas Yaytzé, la capital del reino. (...) Pero fue el Peloponeso el más quebrantado por las invasiones turcas. En 1446 lo tomaron los ejércitos de Murat II, que destruyeron gran número de lugares e hicieron miles de prisioneros. Doce años después, en el verano de 1458, la Península Balcánica fue invadida por un enorme ejército turco bajo el mando de Mehmet II y su lugarteniente Mahmud Bajá. Corinto cayó tras cuatro meses de asedio; sus murallas fueron arrasadas, y destruidos muchos edificios que el sultán consideró inútiles. La descripción que hace Kritobulos de las campañas otomanas revela claramente la enorme destrucción perpetrada por los invasores en estas regiones. Dos años más tarde irrumpió un nuevo ejército turco en el Peloponeso; esta vez fueron asoladas Gardiki y otras localidades. Finalmente, en 1464 la saña destructora de los invasores se abatió por tercera vez sobre el Peloponeso. Fue entonces cuando los otomanos presentaron batalla a los venecianos y demolieron la ciudad de Argos hasta los cimientos.

A la hora de examinar qué trato recibieron las poblaciones no musulmanas vencidas por la yihad otomana resulta útil empezar por los judíos, la población menos numerosa, y de la que además es creencia extendida que tuvo una experiencia bastante positiva. Joseph Hacker estudió la suerte de los judíos durante su absorción inicial en el imperio otomano en los siglos XV y XVI. Su investigación pone en entredicho la idea acrítica de que la “experiencia judía” en el imperio otomano fuera desde el principio “tranquila, pacífica y fructífera”. Señala Hacker:

(...) A mi juicio esta tesis establecida de la continuidad de buenas relaciones entre los otomanos y los judíos durante el siglo XV debe ser modificada a la luz de las nuevas investigaciones y fuentes manuscritas.

Los judíos, como otros habitantes del imperio bizantino, pagaron un alto precio por las conquistas de la yihad otomana y las políticas de colonización y deportación de poblaciones (el sistema del surgun). Se explica así la desaparición de varias comunidades hebraicas, entre ellas la de Salónica, y su refundación por judíos inmigrantes de España. Hacker señala concretamente:

(...) Tenemos cartas escritas sobre las vicisitudes de los judíos que vivieron una u otra de las conquistas otomanas. En una de tales cartas, anterior a 1470, se describe la suerte de uno de esos judíos y su comunidad; según esa descripción, escrita en Rodas y enviada a Creta, el destino de los judíos no fue distinto del de los cristianos. Muchos perdieron la vida; otros fueron hechos cautivos; y los niños fueron [esclavizados, convertidos a la fuerza al islam y] entregados al devshirme (...). Hay cartas que refieren el traslado de los judíos cautivos a Estambul y están llenas de animadversión hacia los otomanos. Conocemos asimismo la suerte de un médico y homilista judío de Veroia (Kara-Ferya) que huyó a Negroponte cuando su comunidad fue condenada al exilio en 1455; él nos dejó una descripción de los desterrados y de su traslado forzoso a Estambul. Más adelante lo encontramos en la misma Estambul, donde en 1468 expresó abiertamente su animosidad contra los otomanos en una homilía. También está documentado que los judíos de Constantinopla no salieron indemnes de la conquista de la ciudad, y que varios fueron vendidos como esclavos.

Hacker expone sucintamente tres conclusiones: 1) En algunos círculos judeo-bizantinos prevaleció una fuerte animadversión hacia los otomanos en las décadas siguientes a la caída de Constantinopla, animadversión expresada abiertamente por quienes vivían bajo régimen latino, y hasta cierto punto incluso en Estambul. 2) Las políticas de Mehmet II respecto a los no musulmanes hicieron posible un sustancial desarrollo económico y social de las comunidades judías en el imperio, y especialmente en la capital, Estambul. Mehmet II las protegió frente al odio popular, y particularmente frente a los libelos de sangre. Pero esa política no halló continuador en Bayaceto II, bajo cuyo régimen hay indicios de que los judíos sufrieron graves restricciones en su vida religiosa. 3) Las políticas amistosas de Mehmet por una parte, y la buena acogida dispensada por Bayaceto II a la judería española por otra, hicieron que los autores judíos del siglo XVI pasaran por alto tanto la destrucción sufrida por la judería bizantina durante las conquistas otomanas como los subsiguientes rebrotes de opresión bajo Bayaceto II y Selim I.

Ivo Andric analizó la condición de raya (“rebaño” o “apacentar un rebaño”) o dhimmitud impuesta a la población cristiana autóctona de Bosnia durante cuatro siglos. Los cristianos nativos que se negaron a apostatar al islam quedaron sujetos al Kanun-i-Rayah otomano, que no hacía sino reiterar los preceptos básicos de la dhimmitud formulados originalmente por juristas y teólogos musulmanes de los siglos VII y VIII. La exposición de Andric pasa revista a

un caudal de pruebas irrefutables de que los principales puntos del Kanun, los que más incidían en la vida moral y económica de los cristianos, se mantuvieron plenamente vigentes hasta el final de la dominación turca y mientras los turcos pudieron aplicarlos (...) [por ello] era inevitable que los rayas decayeran a un status económicamente inferior y dependiente.

Andric cita un proverbio de los bosnios musulmanes y una canción de alabanza a Bayaceto II, que coinciden en reflejar actitudes musulmanas hacia los raya cristianos:

[proverbio] “El raya es como la hierba, que por mucho que la siegues vuelve a salir.”

[canción] “Después que quebraste los cuernos de Bosnia / segaste lo que no se dejaba podar, / y perdonaste sólo a la chusma / para que alguien nos sirviera / y gimiera ante la cruz.”

Esas condiciones generales de discriminación se exacerbaron cada vez que Bosnia sirvió de campo de batalla o zona de acantonamiento durante dos siglos de razzias otomanas y campañas organizadas de yihad contra Hungría. Agobiados por los impuestos excesivos y el trabajo forzoso,

(...) los cristianos empezaron, por consiguiente, a abandonar las casas y los campos que poseían en terreno llano y a lo largo de los caminos, replegándose a las montañas. Y a medida que se iban trasladando a tierras cada vez más altas e inaccesibles, los musulmanes ocupaban los lugares que les habían pertenecido.

Por su parte, los cristianos de las ciudades soportaban las trabas que el régimen del raya ponía a la actividad mercantil de los no musulmanes:

Desde el principio el islam excluyó del sistema productivo y comercial actividades tales como la producción de vino, la cría de cerdos y la venta de productos porcinos. Pero a los cristianos bosnios se les prohibía también ser guarnicioneros, curtidores o cereros, así como traficar en miel, mantequilla y otros artículos. En todo el país el único día de mercado legal era el domingo. Deliberadamente se puso así a los cristianos en el dilema de incumplir los preceptos de su religión al mantener abiertas sus tiendas y trabajar en domingo, o retirarse del mercado con el consiguiente perjuicio material. Todavía en 1850 encontramos a Jukic, en sus “Deseos y ruegos”, suplicando a “su Gracia Imperial” que se derogue la norma de ser el domingo el día de mercado.

Sobre los cristianos pesaba asimismo una carga tributaria desproporcionada en relación con la de los musulmanes, incluida la tasa de capitación intencionadamente degradante.

Esa tasa debía pagarla todo varón no musulmán mayor de catorce años, a razón de un ducado anual. Pero como en Turquía nunca había existido un registro de nacimientos, el funcionario encargado de cobrarla tomaba las medidas de cabeza y cuello de cada muchacho con un cordel, y de ahí juzgaba si había llegado a la edad de tributar o no. Empezando como un abuso que pronto pasó a ser hábito extendido y finalmente costumbre arraigada, en el último siglo de la dominación turca todos los muchachos sin distinción tuvieron que pagar la tasa. Y parece que ese abuso no era el único. De Alí Bajá Stocevic, que en la primera mitad del siglo XIX fue visir y prácticamente señor absoluto de Herzegovina, su contemporáneo el monje Prokopije Cokorilo escribió que “cobraba el impuesto de los muertos hasta seis años después del fallecimiento”, y que sus recaudadores “pasaban la mano por el vientre de las mujeres embarazadas y les decían: ‘Se nota que va a ser niño, así que paga la tasa ya”. Hay un dicho popular bosnio que revela cómo se cobraban los impuestos: “Está gordo como si viniera de recaudar impuestos en Bosnia”.

Las cláusulas específicas del Kanun-i-Rayah que prohibían a los rayas montar en caballo ensillado, llevar sable o arma de otra clase dentro o fuera de casa, vender vino, dejarse crecer el pelo o vestir faja ancha se cumplieron rigurosamente hasta mediado el siglo XIX. En 1794 Hussamudin Bajá dictó una ordenanza que prescribía el color exacto y el tipo de prendas que debían vestir los raya bosnios. Los barberos tenían prohibido afeitar a musulmanes con las mismas cuchillas que a cristianos. Incluso en los baños era preceptivo marcar las toallas y los albornoces de los cristianos, para no lavarlos juntamente con los de los musulmanes. Por lo menos hasta 1850, y en algunas partes de Bosnia hasta bien entrada la década de 1860, el cristiano que se cruzara en el camino con un musulmán tenía que desmontar de su caballería (sin silla) y retirarse a la cuneta hasta que el musulmán hubiera pasado.

Señala Andric que el símbolo más llamativo y sonoro del cristianismo, las campanas de las iglesias, fue siempre objeto de la vigilancia atenta y reprobatoria de los turcos, y que “allí donde alcanzaban sus invasiones, abajo iban las campanas, para ser destruidas o fundidas para hacer cañones”. Como era de prever:

Hasta la segunda mitad del siglo XIX “nadie en Bosnia pudo pensar siquiera en tener campanas ni campanarios”. Hubo que esperar a 1860 para que un sacerdote de Sarajevo, Fra Grgo Martic, consiguiera permiso de Topal Osmán Bajá para poner una campana en la iglesia de Kresevo. Permiso otorgado, de todos modos, sólo bajo la condición de que “al principio se tañera la campana débilmente, para que los turcos pudieran ir acostumbrándose poco a poco”. Y aun así, todavía en 1875 los musulmanes de Kresevo se quejaban a Sarajevo de que “oídos turcos y toque de campanas no pueden coexistir en un mismo lugar y tiempo”, y las musulmanas golpeaban sus cacerolas de cobre para ahogar el sonido (...) el 30 de abril de 1872 también la nueva iglesia ortodoxa serbia estrenó una campana. Pero dado que los (...) musulmanes habían amenazado con disturbios, hubo que llamar al ejército para que la ceremonia se desarrollara sin incidentes.

La imposición de ese tipo de restricciones, observa Andric, no se limitaba a las ceremonias eclesiásticas, según refleja un aviso de la iglesia ortodoxa serbia de Sarajevo que en 1794 exhortaba a los cristianos a no

(...) cantar cuando (...) salieran de excursión, ni en sus casas, ni en otros lugares. El dicho “No cantes muy fuerte que este pueblo es turco” testifica elocuentemente de que ese aspecto del Kanun [-i-Rayah] se aplicaba tanto fuera como dentro de la vida eclesial.

Y Andric concluye:

(...) para sus súbditos cristianos, su hegemonía [la de los turcos otomanos] brutalizó las costumbres y significó un retroceso en todos los aspectos.

El cónsul británico en Esmirna Paul Ricaut viajó extensamente por el imperio otomano a mediados del siglo XVII y fue un agudo observador de su ambiente sociopolítico. En 1679 (es decir, antes de que los otomanos fueran rechazados en Viena en septiembre de 1683; véase lo que decimos más adelante sobre la “tolerancia” otomana), Ricaut publicó estas importantes observaciones: 1) muchos cristianos eran desalojados de sus iglesias, que los turcos otomanos convertían en mezquitas; 2) los “Misterios del Altar” se escondían en bóvedas y sepulcros subterráneos cuya cubierta apenas sobresaliera del suelo; 3) por miedo a la hostilidad y la opresión turca, los sacerdotes cristianos, particularmente en las regiones orientales de Asia Menor, tenían que rodearse de grandes precauciones y oficiar con disimulo en privado; 4) comprensiblemente, muchos cristianos apostataban al islam para librarse de aquel régimen.

El fenómeno de la conversión forzosa, incluidas las conversiones en masa por decreto, perduró durante todo el siglo XVI, como refiere Constantelos en su análisis del neomartirio en el imperio otomano:

(...) están documentadas conversiones forzosas en masa bajo los califatos de Selim I (1512-1520), (...) Selim II (1566-1574) y Murad III (1574-1595). Con ocasión de algún aniversario, por ejemplo el de la toma de una ciudad, o de una fiesta nacional, se obligaba a muchos rayas a apostatar. El día de la circuncisión de Mohammed III se obligó a grandes números de cristianos (albaneses, griegos, eslavos) a abrazar el islam.

Repasando el martirologio de cristianos victimizados por los otomanos entre la conquista de Constantinopla (1453) y las fases finales de la guerra de la independencia griega (1828), Constantelos escribe:

(...) los turcos otomanos condenaron a muerte a once patriarcas ecuménicos de Constantinopla, casi un centenar de obispos y varios millares de sacerdotes, diáconos y monjes. Es imposible determinar con certeza a cuántos clérigos se obligó a apostatar.

Pero los casos más mundanos que Constantelos pone como ejemplo son igualmente ilustrativos de la penosa situación de los cristianos bajo el poder otomano, hasta 1867 por lo menos:

A algunos se les acusaba de ultrajar la fe musulmana o arrojar algo contra el muro de una mezquita. Otros eran acusados de hacer insinuaciones sexuales a turcos, otros de declarar en público “Voy a hacerme musulmán” sin tener esa intención.

Constantelos concluye:

La historia de los neomártires indica que en el imperio otomano no hubo libertad de conciencia, y que el estado nunca cejó en la persecución religiosa. La justicia dependía del capricho de los jueces y de la plebe, y se administraba con una doble vara de medir, indulgente para los musulmanes y severa para los cristianos y otros. La idea de que los otomanos practicaron una política de tolerancia religiosa para favorecer la fusión de los turcos con las poblaciones conquistadas no tiene fundamento en los hechos.

Los expertos que siguen sosteniendo la rosácea leyenda de la “tolerancia” otomana, la idea de una “tolerancia sin problemas, fundada en la presunción no sólo de una religión superior, sino también de un poder superior”, que, según nos cuentan, habría persistido en el imperio otomano hasta el final del siglo XVII (es decir, después de la derrota de los turcos frente a Viena en 1683), deben dar respuesta a ciertas preguntas básicas. ¿Por qué el tan brutal sistema otomano del devshirme o jenízaros, que desde mediados o finales del siglo XIV hasta comienzos del XVIII esclavizó y convirtió por la fuerza al islam a entre medio millón y un millón de muchachos no musulmanes (principalmente cristianos de los Balcanes), se ha presentado exclusivamente como una forma benigna de promoción social, envidiada por las familias otomanas que “no podían aspirar a ella” por ser musulmanas? Por ejemplo:

El papel que desempeñaron los muchachos cristianos de los Balcanes reclutados para el servicio otomano a través del devshirme es bien conocido. Fueron incontables los que ingresaron en el aparato militar y burocrático otomano, que durante algún tiempo vino a estar dominado por aquellos nuevos reclutas en el estado otomano y la fe musulmana. Ese ascendiente de los europeos balcánicos en la estructura de poder otomana no pasó inadvertido, y hubo muchas quejas procedentes de otros elementos, a veces de los esclavos caucasianos que eran sus principales competidores, y más ruidosas de los musulmanes viejos y libres, que se sentían preteridos por la preferencia mostrada hacia los esclavos recién convertidos. Los especialistas que han llevado a cabo estudios serios y minuciosos del sistema del devshirme o jenízaros no comparten esas visiones hagiográficas de aquella institución otomana. De Speros Vryonis, Jr., por ejemplo, son estas observaciones, deliberadamente moderadas pero oportunas:

(...) al tratar del devshirme estamos hablando de la gran cantidad de cristianos que, a pesar de las ventajas materiales que ofrecía la conversión al islam, prefirieron seguir perteneciendo a una sociedad religiosa a la que se le negaba la ciudadanía de primera clase. Por consiguiente, la tesis que proponen algunos historiadores, en el sentido de que los cristianos agradecían el devshirme porque abría maravillosas oportunidades para sus hijos, no casa con el hecho de que esos cristianos no hubieran querido hacerse musulmanes en primera instancia, sino seguir siendo cristianos (...) hay abundantes testimonios de la muy activa repugnancia con que veían partir a sus hijos. Y no otra cosa era de esperar, dada la fuerza de los lazos familiares y dado también el fuerte apego al cristianismo de quienes no habían apostatado al islam (...). En primer lugar los otomanos capitalizaban el temor general de los cristianos a perder a sus hijos, y ofrecían exenciones del devshirme como moneda de cambio a la hora de negociar la rendición de tierras cristianas. Tales exenciones formaron parte de las condiciones de capitulación concedidas a Jannina, Galata, la Morea, Quíos, etc. (...) También hubo cristianos que por desempeñar actividades especializadas que eran importantes para el estado otomano se vieron eximidos del tributo de sus hijos, en reconocimiento de la importancia de sus quehaceres para el imperio (...). La exención de este tributo se consideraba un privilegio, no una pena (...).

(...) hay otros documentos que evidencian de manera mucho más explícita su repugnancia [la de los cristianos]. Incluyen una serie de documentos otomanos referentes a situaciones específicas en las que los propios devshirmes han escapado de los funcionarios encargados de ir a buscarlos (...). Un firman (...) de 1601 [sobre el devshirme] faculta a los funcionarios [otomanos] para aplicar severas medidas coercitivas, lo que indica que no todos los padres se avenían a desprenderse de sus hijos:

“(...) para dar ejecución a lo que ordena la conocida y santa fetua de Seyhul [Sheikh]-Islam. De conformidad con esto, cuando alguno de los padres infieles o cualquier otro opusiere resistencia a la entrega de su hijo para los Jenízaros, sea inmediatamente ahorcado del marco de su puerta, teniéndose su sangre por indigna.”

Vasiliki Papoulia pone de relieve la oposición continua y desesperada, a menudo violenta, de las poblaciones cristianas a esta leva otomana impuesta por la fuerza:

Es evidente que la población soportaba muy mal (...) esta medida [y la leva] sólo podía hacerse por la fuerza. Quienes se negaban a entregar a sus hijos –los más sanos, los más apuestos y los más inteligentes- eran ahorcados directamente. A pesar de ello, conocemos ejemplos de resistencia armada. En 1565 hubo una rebelión en el Epiro y Albania. La población dio muerte a los oficiales de reclutamiento, y para sofocar la revuelta el sultán tuvo que enviar a quinientos jenízaros en apoyo del sanjak-bey local. Gracias a los archivos históricos de Yerroia estamos mejor informados sobre el levantamiento de Naousa en 1705, cuyos habitantes mataron al Silahdar Ahmed Celebi y sus auxiliares y huyeron a las montañas en rebeldía. Algunos fueron más tarde apresados y ejecutados.

Ante la imposibilidad de escapar [a la leva], la población recurría a diversos subterfugios. Algunos se iban del pueblo a ciertas ciudades que estaban exentas de la leva de niños, o migraban a territorio veneciano. El resultado fue una despoblación del campo. Otros casaban a sus hijos a edad temprana. (...) Nicephorus Angelus (...) afirma que en ocasiones los muchachos huían por propia iniciativa, pero al saber que las autoridades habían detenido a sus padres y los torturaban hasta morir volvían y se entregaban. La Giulletiere cita el caso de un joven ateniense que salió de su escondite para salvar la vida de su padre, y después prefirió morir antes que renunciar a su fe. Según el testimonio de fuentes turcas, hubo incluso padres que consiguieron raptar a sus hijos una vez reclutados. Lo más eficaz para sustraerse a la leva era el soborno. Que estaba muy extendido se deduce de las fuertes sumas que el sultán confiscaba de funcionarios (...) corruptos. Finalmente, había padres desesperados que hasta apelaban al Papa y a las potencias occidentales en demanda de auxilio.

Papoulia acaba diciendo:

(...) no cabe duda de que este oneroso tributo fue una de las tribulaciones más amargas de la población cristiana.

¿Por qué las reformas del Tanzimat, encaminadas a derogar la versión otomana del sistema de dhimmitud, hubieron de ser impuestas por las potencias europeas mediante tratados, en forma de “capitulaciones” subsiguientes a derrotas militares de los turcos, y por qué ni siquiera esas reformas tuvieron aplicación efectiva desde 1839 hasta el hundimiento del imperio otomano tras la Primera Guerra Mundial?

Edouard Engelhardt hizo estas observaciones a partir de su detallado análisis del período del Tanzimat, señalando que pasado un cuarto de siglo desde la guerra de Crimea (1853-1856), y tras la segunda instauración de reformas del Tanzimat, persistían los mismos problemas: “La sociedad musulmana todavía no se ha desprendido de los prejuicios que mantienen a los pueblos conquistados en un estado de subordinación (...) el raya [dhimmí] sigue siendo inferior al osmanlí; la realidad es que no ha sido rehabilitado; el fanatismo de los primeros tiempos no ha disminuido (...) [hasta los musulmanes liberales han rechazado] la igualdad civil y política, esto es, la asimilación de los conquistados a los conquistadores”.

En la década de 1860 los cónsules británicos delegados a lo largo y ancho del imperio otomano llevaron a cabo un examen sistemático de la situación de los raya cristianos, que proporcionó una importante cantidad de testimonios documentales de primera mano. Gran Bretaña era entonces el aliado más poderoso de Turquía, y convenía a sus intereses estratégicos que cesara la opresión de los cristianos, con miras a evitar una intervención armada de Rusia o de Austria. El 22 de julio de 1860 el cónsul James Zohrab remitió un largo informe desde Sarajevo a su embajador en Constantinopla, sir Henry Bulwer, donde analizaba la administración de las provincias de Bosnia y Herzegovina con posterioridad a las reformas del Tanzimat de 1856. Refiriéndose a los intentos de reforma decía Zohrab:

Puedo afirmar sin temor a equivocarme que el Hatti-humayoun prácticamente ha quedado en letra muerta (...) si bien es cierto que no llega a autorizar que se trate a los cristianos como se los trataba antes, sigue siendo intolerable e injusto en la medida en que permite que los musulmanes los expolien con exacciones onerosas. El encarcelamiento por acusaciones falsas es el pan de todos los días. Un cristiano tiene muy pocas posibilidades de demostrar su inocencia cuando su contrario es musulmán (...). Por regla general, se sigue rechazando el testimonio de cristianos (...). Ahora los cristianos pueden poseer bienes raíces, pero los obstáculos que encuentran si tratan de adquirirlos son tantos y tan vejatorios que hasta la fecha muy pocos se han atrevido a arrostrarlos (...). Siendo ésta, en términos generales, la conducta que sigue el Gobierno hacia los cristianos en la capital (Sarajevo) de la provincia donde residen los Agentes Consulares de las distintas Potencias y pueden ejercer algún control, es fácil imaginar lo que sufren los cristianos de los distritos más apartados, gobernados por Mudires [gobernadores] generalmente fanáticos e ignorantes de [las nuevas reformas de] la ley.

En todo el imperio otomano, particularmente en los Balcanes y más tarde en la propia Anatolia, el intento de emancipación de las poblaciones dhimmíes provocó respuestas violentas y sanguinarias contra aquellos “infieles” que osaban reivindicar la igualdad con los musulmanes locales. Las matanzas de los búlgaros (en 1876) y las masacres más extensas de los armenios (1894-1896), que habían de culminar en un auténtico genocidio yihadista contra los armenios durante la Primera Guerra Mundial, compendian esas tendencias. Para hacer efectiva la derogación de las leyes de dhimmitud fue necesario desmantelar el imperio otomano, como finalmente se hizo tras las guerras de independencia de los Balcanes y durante el período del Mandato europeo que siguió a la Primera Guerra Mundial.


Conclusiones

Escribiendo en 1978, Dufourcq (m. 1982), uno de los más eminentes estudiosos del islam europeo, temía (ya entonces) que el revisionismo histórico y cultural del innegable pasado de yihad en la Edad Media de Europa occidental pudiera precipitar una repetición de

(...) el cataclismo ocasionado en nuestro continente [es decir, en Europa] por la penetración islámica hace más de un milenio.

Es una ironía amarga y trágica que los mitos fundacionales del ecumenismo “simbiótico” andalusí y la “tolerancia” otomana, que fueron centrales en la génesis de la patología eurábiga que actualmente se manifiesta en Europa, se invoquen ahora también como fantasías redentoras, a raíz de los disturbios de Francia. Negando toda etiología islámica en los graves problemas que afronta Europa, se engendra así más islam como la “solución”, y se acelera la marcha aparentemente inevitable de Europa hacia la islamización completa, con la implantación de la sharía.

(* Esta sección está tomada de Andrew G. Bostom, The Legacy of Jihad, Prometheus Books, Amherst, 2005, pp. 56-75.)

[Andrew G. Bostom es autor del libro recientemente publicado The Legacy of Jihad:
www.andrewbostom.org ]

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